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Basado en hechos reales

Actualizado: 1 jul 2022

No era la primera vez que hacía esto, ni con ella, ni con la música en general. Había pasado unas cuantas horas después de la media noche escuchando con atención, casi inmutade, dejando que cada canción entrase por sus oídos y se esparciera en su sistema nervioso alcanzando hasta los rincones más olvidados de su memoria. Tejían relaciones emocionales entre pasados conjugados, futuros posibles y las más crudas sensaciones del presente, así como su abuela solía hacer con el estambre. Sin embargo, esa noche algo era diferente.

Ese mismo día por la mañana, una incómoda luz, atenuada por el concreto del exterior del edificio, le obligó a abrir los ojos. Estirando los brazos y dando un silente bostezo, vivía el último momento de paz que tendría por las siguientes horas. Como era costumbre, giró su incómodo cuerpo como un tronco rodante hacia la derecha para tomar su celular y checar si había recibido algún mensaje mientras dormía. Era un día especial: se celebraba una década del debut de una banda que solía amar durante la adolescencia. Tenía planeado festejarlo escuchando su discografía completa y viendo videodiarios de la banda que le recordaran mejores momentos. Supuso que el mensaje entrante tendría que ver con eso pero, sorpresivamente, lo que había llegado era ajeno en su totalidad.

Probablemente, si hoy le preguntáramos cómo se sintió esa mañana, diría “Algo sesgade por el paso del tiempo”, que fue similar a cuando su mejor amiga de la secundaria le dio la impensable noticia de que su banda favorita se había separado para siempre o, incluso, al momento (seis años después) en que no podía creer que la misma banda anunciaba su regreso. Para elle, en ese instante temprano, después de meses de encierro, dolor e incertidumbre, sólo había una certeza: al dar la medianoche de aquel día, contrario al destino de Cenicienta, la magia tomaría su forma más potente; su cantautora favorita de toda la vida, aquella que jamás había podido ver cantar en vivo pero por la que lo daba todo, anunciaba su octavo álbum de estudio sin previo aviso.

Más de una década de carrera bañada en terribles chismes de tabloide y emociones extremadamente vívidas compartidas a través de maravillosas letras, condensadas en dieciséis canciones nunca antes escuchadas. Este nuevo álbum llegaba a sus oídos tan sólo medio año después que el pasado, ese que aún no terminaba de procesar. La portada era algo especial: una fotografía en blanco y negro donde todo se sentía extremadamente grande, menos la cantante; como si su entorno, todo lo externo a ella, fuese la materia prima de inspiración para esta nueva aventura musical. El anuncio llegó con unas palabras místicas que le daban un carácter menos personal y más atemporal al contenido lírico del álbum. Por otro lado, las canciones y la producción nombraban colaboraciones que se sintieron fuera de lo posible, completamente imaginarias, improbables. Esa mañana el mundo se convirtió en folclor y fantasía con un filtro en tercera persona propiciado por la estructura lírica de las canciones: uno de esos muchos sueños musicales hechos realidad o, en otras palabras, el alivio necesario para apagar el desasosiego y la ambigüedad de su vida, al menos por una hora y tres minutos.

Pasada la tarde y la celebración del aniversario, que ya estaba en el último plano de su mente, se acostó en su cama y colocó sus audífonos en sus orejas, a punto de experimentar algo que a la fecha, según elle, nada ha podido superar. Su cama se sentía fría y dura como usualmente sucedía, pero el éxtasis por escuchar este nuevo álbum, que provocaba que bailara nerviosamente sin poder estarse quiete un segundo, le mantenía a buena temperatura.

A modo de preparación, había leído el listado de canciones incontables veces y había supuesto cuáles le harían sentir qué cosa sin saber nada más que sus títulos. Le había parecido extraño que la mayoría de ellos no pasaran de una o dos palabras; incluso había nombres propios, meses y números entre ellos. En la tarde se había puesto a imaginar temáticas o el estilo de cada una de las canciones para agregar elementos a su arsenal catártico.

El reloj marcó la medianoche y, sin más, una segunda inversión de fa mayor en el piano traspasaba las fronteras de su cuerpo con una agresividad que se contradecía por su amable tono. Luego de tres álbumes pop con inicios dignos de un estadio, con un único acorde al piano, éste ya había marcado una diferencia histórica en la vida de le escuche, tan atente a cada mínimo detalle, incluso en una primera impresión.

Primero, las posibilidades del amor no correspondido le hicieron recordar su primera experiencia, sumamente fugaz y eternamente determinante para su forma de relacionarse con otros. La memoria en objetos tangibles que tocaba la siguiente canción creó imágenes de una colección de barcos de papel de diferentes tamaños y colores que algún día le llevarían de vuelta a una vida sin longevos dolores de corazón. Por su parte, en la canción más explícitamente relacionada con la vida de la cantante en todo el álbum, reflexionó sobre lo mucho que amaba oír su música y su amor por todo lo que se sintiera vintage, pero también le enervó saber tanto de la vida privada de una completa extraña.

Abriendo paso a la primera colaboración, una vez más el desamor se hizo presente, pero eso no fue lo que logró conectar con elle en ese primer momento: hablando de desalojamientos emocionales y exilios, la canción le hizo pensar en una situación que, en retrospectiva, le había hecho perder todo sentido de su adolescencia por vivirla en línea en vez de con sus amigas de la escuela. La línea argumental del álbum le fue sumiendo más en estas sensaciones de desagrado, como si se ahogase. Sin embargo, no pudo parar de escuchar. Era como un mandato emocional, un pacto entre versiones de elle misme que, al tener ese diálogo interno que le producía la música, podían liberarle de sus fantasmas.

Las dudas personales de la cantante sobre si era realmente suficiente para las personas que le rodeaban se hacían visibles y con ellas, también las de elle, en su habitación, ya llorando en silencio mientras hacía ruidos de asombro por giros líricos y musicales inesperados. En ese primer encuentro, las letras fueron como un respiro de acompañamiento, o más bien una certeza de que la soledad no era tan real como parecía. El álbum iba y venía, de forma similar a un oleaje; había espacios de mucho dolor pero también de paz, de reconocimiento.

Una de las canciones reconstruía la infancia a partir de una amistad muy amorosa que le recordó sus procesos de aceptación ante sus formas de amar, de ser diferente al resto de sus pares durante años interminables de ineficiente sociabilidad en la escuela. El amor no correspondido de otra canción le volvió a conectar con su primer amor, como si durante tanto tiempo otros álbumes completos, incluso de la misma cantante, no hubieran hecho sentir lo mismo. Estaba cansade de siempre pensar en la misma persona, pero, extrañamente, aunque la canción no fuera feliz, sus recuerdos ya no eran así de tristes. Había logrado reconciliarse con su pasado, en parte gracias a lo que en ese momento se ponía a pensar.

La novena canción del álbum puso todas las cartas sobre la mesa para llevarle en una espiral emotiva sobre su salud mental, sus intentos por estar bien que ahora, con esta música, ya tendrían más piso en el cual sembrarse. Después, entre el engaño y el amor más puro, el álbum fue dando giros inesperados mientras elle reía por lo mucho que se sentía en conexión con las canciones. Como si esa tercera persona gramatical fuera elle y la cantante le hubiese examinado en secreto por meses y meses, asunto que no estaba lejano a la realidad, dado que en algún punto esa fue su forma de conectar con sus fanáticos más devotos. Otra canción habló nuevamente de asuntos personales, provocando una vez más la sensación nerviosa de saber demasiado, queriendo abandonar la misión de escucha pero asombrándose por la crudeza lírica que las metáforas iban construyendo.

Mientras escuchaba una oda a la situación mundial de encierro, la cama helada se volvió un espacio sagrado que le permitiría observarse distinte a como siempre había sido viste por otros, marcando la pauta entonces irreconocible de muchos cambios que le trajo el no poder ver al mundo sin plásticos protectores. Una canción de amor ficticia le hizo recordar nuevamente, y cada vez con más felicidad, aquel primer amor que en algún momento de su vida le habría destrozado, pero luego, en las últimas dos canciones, se reconoció fuerte y enamorade, no con alguien más, sino con elle misme y la vida que, sin que la cantante lo supiera, el álbum resumía.

Ya era la madrugada del día siguiente y, aun así, terminando la primera vuelta de una hora y tres minutos, se suscitó una más con la cual sus ojos se irían cerrando lentamente hasta quedar completamente ensimismade por el sueño. Al día siguiente, por la mañana, el álbum se volvió un bucle interminable del que, años después, todavía no logra salir. Y a pesar de que la cantante anunció un álbum más de la misma manera y publicó más canciones nuevas desde entonces, nunca nada se volvió a sentir igual.

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