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Blue Rev - Alvvays


Al interior de una sala de conspiracionistas idearon el plan para que el tercer álbum de Alvvays se convirtiera en una leyenda urbana. La agrupación canadiense tiene más razones para haber tirado la toalla después de su debut homónimo en 2014 y Antisocialites (2017). El viaje de cinco años hacia un nuevo álbum de larga duración les dejó resquebrajados.

El bajista Brian Murphy (quien comparte nombre con un actor inglés) decidió desprenderse de Alvvays durante ese periodo, lo cual reforzó la idea de que nada es para siempre. Sin ese brazo musical, la llama de Molly Rankin, voz y letrista principal, ardió con más fortaleza, pero la mala fortuna aún tenía un par de movimientos —y un estornudo—. En lo que más de une interpretaría como una señal clara del cosmos, los demos de lo que sería Blue Rev fueron robados de la casa de Rankin. Toda la frustración quedaba invisibilizada a través de un cubrebocas, pues la pandemia les arrinconó a cuatro paredes, sin comunicación, sin posibilidad de probar las canciones en conciertos. Sin nada.

Alvvays se convirtió en el claro ejemplo de la demostración de la Ley de Murphy, donde el pan tostado siempre cae del lado de la mantequilla. Pese a ello, no se tiraron a llorar, sino que decidieron que lo que realmente querían desayunar era cereal. Blue Rev fue mejor de lo que los antecedentes exigían. La capitanía de Molly Rankin llevó aquel sonido tan primaveral —a veces veraniego— de sus primeros trabajos hacia una instancia otoñal, de frío y caída de hojas. A la espumosa y efervescente naturaleza de Alvvays se le sumó el caos y ruido de una guitarras desterradas del shoegaze y se siente como una pintura sobre la pérdida de inocencia que todes sufrimos a lo largo de estos dos tortuosos años.

La miscelánea de tópicos que surgieron de la pluma de Molly Rankin no deja los lugares comunes —las rupturas amorosas, el Internet, la adolescencia—, pero ahora su azucarada voz queda potenciada ante un caótico desempeño de sus acompañantes sonoros. Esto da una nueva dimensión a su música. Sí, siguen siendo una banda que indudablemente transmiten algarabía, pero los contrastes entre enfurecidos guitarrazos los recuerdan esos días de enojo y resentimiento en la pubertad.

Alvvays comprendió el momento que se vive actualmente. Con una Inglaterra sumergida en las explosiones sonoras —como black midi, Squid y, lo que fue Black Country, New Road— les canadienses entendieron de qué va este 2022. No es hacer ruido por hacerlo, sino asimilarlo al desastre que cada une vive, día a día y según su escala. Tomaron el cambio sin dejar de regalar dulces sonoros después de tanta amargura.

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