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El guitarrista promedio, sus preparativos

Chumacero le recuerda que en dos horas hay que estar con el Bocas. Entonces se desatan las disyuntivas y nuestro guitarrista promedio frunce el ceño. ¿Me llevo el cable largo o el corto? Un recuerdo funesto lo obliga a decantarse por el corto; aquel incidente en la tocada de hace un año, cuando, a mitad del solo, el cable largo quedó atrapado entre su pie derecho y el suelo, de modo que el ruido y la vergüenza y la canción una piltrafa. Pero con el corto no puedo moverme a mis anchas —piensa consternado—; entonces abre el morral con violencia y mete, hechos bola, tanto el corto como el largo, porque no vaya a ser.

Acto seguido, mete en sus respectivas cajas todos los pedales que tiene. Digo todos para disimular en la indefinición del adjetivo la brevedad de su colección, que consiste en realidad de 3 pedales, uno de ellos descompuesto, que igual empaca, porque en una de ésas se le arregla en lo del Bocas. Apila las 3 cajas en el morral y se dice “¡Qué portento geométrico!”, luego recuerda la maraña de cables al fondo de la maleta y se retracta.

Enseguida va por su guitarra y la introduce en un estuche viejo, ya roto, con el tirador de la cremallera partido. Intenta cerrar el estuche. Digo intenta porque este procedimiento es extenuante dadas las miserables condiciones de la funda. Su concentración es quirúrgica: saca la lengua un par de milímetros y la apresa con sus dientes —signo universal de ensimismamiento—; con las largas uñas de sus dedos índice y pulgar, toma lo que queda del tirador y lo jala. El progreso es mínimo, pues la tela al interior del estuche está hecha pedazos y se atora en el cuerpo del cierre. Pero el guitarrista promedio, acostumbrado a este tipo de contratiempos, ve en cada centímetro avanzado por el cierre una gloria trabajadora, una victoria ganada a pulso. Finalmente, el estuche se cierra por completo.

Entonces llega el momento de elegir la plumilla. ¿La verde?, ¿la morada?, ¿la gruesa?, ¿la más delgada?, ¿por qué no la que tiene forma de drácula?, ¿será mejor llevar una nueva, o la que siempre uso? Es aquí —y no cuando selecciona sus pedales— que el guitarrista se encuentra ante un vasto arsenal de opciones. Complacido, sopesa cada una prolijamente basándose en 3 criterios: aspecto, comodidad o agarre, y consistencia de impacto. Tras el examen, termina echando en sus bolsillos la plumilla verde, la gruesa y —era de esperarse— la que tiene forma de drácula.

¿Qué más? Siente que algo se le olvida. Entrecierra los ojos y recorre el cuarto entero en busca de aquel objeto olvidado. Nada. Todo en orden. A menos que… No. Todo en orden.

Por fin sale a la calle. Amplificador en mano, guitarra en espalda, morral en hombro y dolor en todos lados, detiene un taxi con el pie izquierdo y descarga el equipo en la cajuela. Suspira aliviado y da la dirección. El taxista, que no es ni músico ni hombre sensato, pasa los baches con descuido, al tiempo que el instrumento y sus complementos se oyen chocar en la parte trasera del automóvil. El guitarrista se lamenta; mejor hubiera sido traerlos consigo.

Después de todo, llega a casa del Bocas 20 minutos tarde y agradece a quién sabe quién por la supervivencia de su guitarra, golpeada durante todo el trayecto. Toca el timbre. El Bocas le abre como recién despertado de una siesta profunda. Le da la bienvenida entre bostezos y le larga una cerveza tibia. Vete conectando —dice el Bocas—, yo voy al baño y regreso.

Chumacero toca algo de Jaco en su bajo. Lo nuevo. El guitarrista no preparó nada, pero confía en sus habilidades —habilidades de músico promedio, huelga decir—. Todo listo. El Bocas regresa del baño como rejuvenecido y lleno de energía; le brillan los ojos y en su rostro se dibuja una sonrisa que se turba apenas ve las manos del guitarrista: “¿No vas a usar la plumilla que te hice?” Porque el Bocas también era carpintero, y hace una semana le había dado una plumilla de madera que él mismo fabricó. La dejé en casa —repone el guitarrista con la plumilla en forma de drácula entre sus dedos—, tenía miedo de perderla en el camino.

En eso le piden que se arranque. Suelta el primer acorde horrible y todos paran en seco. El guitarrista busca el afinador en su morral, pero no lo encuentra. Ya decía yo… —se lamenta—. Entonces planta su mejor cara, se dirige a Chumacero —a quien no podría tachársele de bajista promedio, puesto que él sí sabe leer partitura, sacar canciones de oído y tocar varios instrumentos— y le pregunta al toque: ¿Me la afinas?


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