• Bruno Armendáriz T.

Hacia una teoría anecdótica de la musicalización vehicular

La música en el coche no es para ser escuchada en silencio y en atención completa, su presencia es más bien un condimento indispensable sin el cual los paisajes fugitivos y las charlas anodinas pierden su amenidad fundamental. Todo aquel que pretenda lidiar con pasajeros mudos que escuchen la selección musical sumisamente, se enfrentará a la frustración cuando la conversación solape las canciones y, en cambio, quien descuide la música por confiar demasiado en la charla será objeto de reproches e insultos; en el mejor de los casos, deberá asumir la responsabilidad de haber propiciado un viaje insatisfactorio.

Ser copiloto implica un compromiso tremebundo: hay que asistir al conductor, mirar retrovisores, sacar la mano cuando haya que cambiar de carril, pintarle el dedo al taxista, seguir el mapa prolijamente, indicar el momento de la salida o la vuelta y sacar plática (porque un conductor aburrido es peligroso). Con todo esto, me temo que el rol del copiloto no ha gozado el reconocimiento que merece; su oficio es el de un deportista extremo, tan atento como el conductor a los estímulos que lo circundan: en una ciudad como la nuestra, en la que se registran más de 1000 accidentes viales al día y el litro de gasolina supera los 20 pesos, cualquier distracción sale muy cara. Pero el copiloto, además de cumplir con sus tareas prácticas, debe incursionar en la penosa antología musical, por lo que su quehacer deportivo asciende al terreno de la ciencia extrema.

La complejísima empresa de poner música en el coche obedece a una minuciosa curaduría sonora basada en el humor del conductor, la hora en la que se realiza el viaje y el nivel de tránsito. Todas estas variables, casi siempre impredecibles, determinan el trabajo del copiloto-curador-musical, que deberá resolver eficientemente cualquier estado viajero: a un manejante enfadado, habrá que ponerle algo tranquilo; los trayectos nocturnos nunca se acompañan con música sosegada a riesgo de adormilar al conductor; los pasajes a vuelta de rueda deben maridarse con una selección musical dinámica y, sin embargo, no muy estridente.

Para salir airoso, el copiloto no sólo debe poseer un vasto bagaje musical, sino que también debe evaluar la situación con la distancia del psicólogo y ejecutar su plan con la precisión del cirujano, de modo que sus cálculos y sus cavilaciones no sean en balde. Todo el mundo sabe que en las manos del copiloto cuelga la posibilidad de un viaje placentero (a pesar del tráfico, la lluvia y el estrés) o de un suplicio insoportable (a pesar del buen clima, el espíritu animado con el que se empezó el viaje, o la ausencia de tránsito). Y es que el antologador músico-vehicular puede construir o destruir una atmósfera favorable a través de su selección, con la desventaja de que, contrario a los trabajos editoriales, no cuenta con prólogos, índices ni notas al pie que sirvan de pauta. En cambio, el copiloto pone la música sin más recursos que su intuición y su buena voluntad, músculos que se ejercitan con horas de viaje, largos periodos de prueba y error hasta perfeccionar la disciplina, similar al aprendizaje de un artesano incansable.

Igual que en todos los deportes y ciencias de rigor, el copiloto-curador-musical será sometido a múltiples pruebas en las que deberá demostrar su portentoso entendimiento en la materia. Primero en trayectos cortos (digamos, de aquí al super), luego en trayectos medianos (por ejemplo, de la casa al departamento de ese amigo que vive más o menos a 30 minutos) y, por último, en viajes mayores, auténticos maratones carreteros en los que sólo un copiloto docto podría desempeñarse exitosamente, sin imponerse al resto ni sucumbir a las vicisitudes del camino. Un copiloto prodigio sabe reaccionar a cualquier circunstancia; las escalas inesperadas y las paradas al baño no afectan la coherencia de su repertorio; su selección no es ni monótona ni muy dispersa; sabe cuándo rechazar las peticiones de los demás pasajeros para salvaguardar la unidad temática-sonora del viaje; sabe cuándo subir el volumen, cuándo bajarlo y cuándo fingir que lo subió o lo bajó para exaltar o apaciguar las pasiones de los viajeros. En fin, el copiloto docto es un superhombre; una persona juiciosa, sensible, conocedora de las tácitas leyes que rigen su imposible oficio y, sobre todo, un melómano comprometido.

Ahora bien, en la curaduría-musical-automovilística, como en las artes escénicas, hay que saber cuándo romper la unidad. Por supuesto, no es nada complicado armar una selección musical totalmente coherente, sin giros bruscos ni disonancias, pero la escasez de riesgo desemboca inequívocamente en el aburrimiento, el hartazgo o el completo desapercibir del sonido. De hecho, no es nada raro atestiguar este tipo de selecciones a manos de personas poco inspiradas, o simplemente desentendidas de la ciencia extrema de la musicalización vehicular. A esta categoría indeseable pertenecen los copilotos cansados, la mayoría de las tías, los tíos que son oficinistas, los primos norteños (hijos de los tíos oficinistas), los reggaetoneros empedernidos y, desde luego, los choferes de los peseros y los microbuses, cuyos USBs cargados con los mejores éxitos de la cumbia, el narcocorrido o la balada posmoderna, nos regalan una muestra casi folclórica de la monotonía músico-vehicular, odiosa en cualquier otro contexto. (De antemano, ofrezco una disculpa por la generalización, [sobre todo a ustedes, microbuseros ilustres por ahí], pero hasta la fecha no he viajado en ningún camión con música clásica, jazz, blues, o rock decente [porque Moderato es decente, en la acepción antirrockera, y por lo tanto no es rock, en su acepción estricta]. Lo más cercano a tal suceso lo viví cuando el USB del chofer en turno “se chingó” y tuvo que recurrir a ese vestigio arcaico de la oralidad que llamamos radio. En la estación sonaba “Naima”, de John Coltrane… Todo era tan extraño. Me pellizqué varias veces y me tallé los ojos con vehemencia. No desperté, pero regresé a la realidad cuando, a los pocos segundos, el camionero soltó uno de esos comentarios populares, casi hirientes, que no admiten réplicas ni negociaciones: “¿Esa mamada qué? Me está dando una pinche hueva…”. La declaración llegó a oídos del cacharpo, que interpretó el repudio categórico de su compinche como una orden y cambió la estación de inmediato, ostentando entre sus nudillos los billetes de $20 y de $50 con los que habían pagado los viajeros. Con la resurrección de la cumbia rebajada, se desvaneció la quimera jazzística en el transporte público).


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Producto de un matrimonio ostensiblemente contradictorio entre un naucalpense y una sateluca, he desarrollado una especie de trauma respecto a la música en el coche. Cada fin de semana visitábamos a alguno de mis abuelos; el trayecto de la colonia Del Valle al finis terrae del Edomex, nos brindaba entre 40 minutos y una hora de música vehicular (tiempo de viaje que pone a prueba una cierta maestría copilota). Mi madre manejaba y mi padre ponía la música. A ella le gustaban los grupos clásicos (los Who, los Cranberries, Soda Stereo, U2); a él, el blues, el jazz y de todo un poco, cosa que ella nunca quiso creerle porque, según, no era más que pura pretensión, trompetazos y guitarrazos que alteraban su ansiedad conductora.

Como podrán imaginarse, cada viaje era sinónimo de disputa. Mi padre subía el volumen; mi madre lo bajaba hasta que la música se perdiera en el ruido del motor. Lo que a mi madre no le gustaba, se quitaba, porque era ella quien manejaba y a quien había que complacer. El autoritarismo vehicular dejó resabios profundos. Yo me sentía impotente, miraba la ventana como explotando al máximo las posibilidades de metamorfosis voluntaria que me otorgaba el mexicanismo: “me hacía wey”.

De los reproches estrictamente musicales, pasaban a otro tipo de reclamos, cada vez más graves e insolubles, hasta que uno de los dos terminaba por alzar más la voz o por pasarse de la raya con un comentario más hiriente que de costumbre. Algunas veces mi padre abría la puerta, se bajaba del coche en medio del periférico y no lo volvíamos a ver hasta la noche; muchas otras se aguantaba el coraje y llegaba a casa de mis abuelos confundido, luego mi abuelo le invitaba una cerveza y mi abuela le daba a probar los chiles que había cosechados y se le pasaba. Las veces que llegábamos sin él, la abuela le preguntaba a mi mamá: “¿Y Memo?” Ella inventaba excusas poco convincentes; mientras tanto yo me moría de la pena. Hasta la fecha, esa pena no se me quita.


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Un día, mi padre compró una copia de Without You I’m Nothing, de Placebo. Lo reprodujo por primera vez en el coche, de camino a casa de mis abuelos. A mi madre le encantó, a mí me gustó y él quedó satisfecho. Tras largos años de desencuentro, llegábamos milagrosamente al consenso. La tregua estaba pactada.

Durante meses no escuchamos nada más que ese disco. Pronto Placebo se convirtió en el grupo familiar, el lugar al que cualquiera podía recurrir en caso de duda, temor o cualquier eventualidad. Yo me volví fan, reproducía los DVDs de sus conciertos en París e imitaba al vocalista con una cuchara en la mano (por analogía al micrófono). Al poco tiempo, le pedí a mi madre que me comprara barniz negro para pintarme las uñas como Brian Molko. Ella se escandalizó en secreto y me negó la compra todas las veces que pudo, porque mis compañeros del kinder se iban a burlar y quién sabe qué dirían de nosotros si me veían así. Con ello, mi entusiasmo se desvaneció.

Entonces opté por una afición mucho menos marginal que el rock. El futbol se convirtió en mi gran pasión, no hacía otra cosa que pensar en el balón y en fantasear con gambetear rivales de formas inauditas. Me inscribieron en Pumitas; entrenaba los lunes, los martes y los jueves para los partidos del fin de semana. Como todo deportista maldito, mi carrera futbolística fue corta (a causa de un desempleo fatal tras la crisis del 2008 que le impidió a mis padres pagar las mensualidades de Pumitas y, posteriormente, por severos problemas de crecimiento que terminaron por dejarme convaleciente durante un par de años) aunque muy prometedora. En mis tres temporadas de joven promesa, anoté más de 50 goles, di más de 30 asistencias y, por lo mismo, fui titular indiscutido. Aquellos días fueron mi época dorada, no sólo por mi bonanza atlética, sino porque después de los partidos a los que mi mamá faltaba por estar con mi hermana (entonces bebé), mi papá y yo podíamos darnos el lujo de escuchar blues.

Fue en esos caminos de regreso a casa que conocí a Albert King, a Buddy Guy, a Roy Buchanan, a Stevie Ray, a B.B. King, Jimi Hendrix, Eric Clapton y Robert Cray. Sin esos viajes, probablemente no sería el guitarrista amateur que soy ahora, ni el entusiasta musical que digo ser. Amo a mi madre, de verdad la adoro, pero su tiranía automovilística inhibió por muchos años nuestros impulsos bluseros y eso es algo que siempre le reprocharé (aunque sea tímidamente). Cuando estábamos por llegar a casa, mi papá decía con ánimo travieso: “Qué bueno que no vino Estelita, porque con sus modos ya nos hubiera quitado la música y nos hubiéramos quedado en silencio todo el camino”.

Tres años después, mis padres se separaron. Ya lo veíamos venir. En retrospectiva, duraron más de lo que cualquiera hubiera imaginado; sin nada en común fuera del alma máter y la ideología política, su matrimonio era una empresa destinada al fracaso. Como la selección mexicana con la victoria, o mis uñas con el barniz, mis padres estaban encaminados al divorcio. Desde luego, no pude evitar pensar que si hubieran compartido los mismos gustos musicales, quizá nunca se hubieran separado; aunque, por supuesto, aún faltaría lidiar con los embates del desempleo, el rencor y la costumbre, de los que pocas parejas salen vivas.

A todo esto, yo aprendí que poner música en el coche es todo menos una actividad frívola. Para ser un buen copiloto-curador-musical, hay que poner en práctica todas las habilidades sociales que se han desarrollado en el transcurso de la vida: la empatía, la prudencia, la elocuencia y la concesión son las herramientas que guían la intuición del seleccionador, casi siempre atravesada por consideraciones psicológicas, mnémicas y hasta meteorológicas. La admirable acción de musicalizar un viaje correctamente es un prodigio sólo equiparable con los viajes al espacio, la gloria futbolística o la paz mundial. Me atrevería a decir, incluso, que la hazaña del copiloto es todavía más loable, porque al astronauta, al capitán del equipo vencedor y al diplomático virtuoso, se le inscribe en los libros de historia y se le recuerda como próceres, mientras que el musicalizador vehicular permanece y permanecerá, por los siglos de los siglos, en la heroica humildad del anonimato.




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