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La calor narca

Francamente no puedo culpar a Abelina López Rodríguez, alcaldesa de Acapulco, por haber declarado que la calor significa un factor para la violencia en el estado de Guerrero. Híjole, luego hay que poner atención a los nombres porque vivir en zonas tan calientes (amplia gama de acepciones para este adjetivo) es de guerreros. U otras cosas locas, como la teología católica y su eterno fuego infernal, los nueves círculos dantescos, el calor del pecado, pues. Y si hablamos del Infierno, vale la pena traer a colación la película de Luis Estrada: escalofriante realismo paródico de una vida abrasadora. E, incluso, cosas todavía más locas, como la ciencia, tan fanática de las correlaciones, que ya lleva su buena cantidad de estudios sobre los aumentos paralelos de crímenes violentos y grados en la temperatura: so fortuna la del genio vinculante, violencia y bochorno, la pobreza por detrás. No paremos, vayamos a la historia, ¿quién se acuerda del célebre conquistador del noroeste mexicano, Nuño Beltrán de Guzmán, y su conocida brutalidad hacia los pueblos originarios de la zona? Qué tal y la conquista no deseaba tanta masacre, sino que, más bien, el deseo de la búsqueda y el viaje precisaba lo diferente, el clima del trópico y el ecuador, sin tomar en cuenta, puesto que la aventura llama, que lo caliente emperra. O la sedienta musicalidad de lo regional, aquello ignoto campesino bajo el Sol, imposible no emparentar lo caliente a lo ranchero y lo ranchero a lo salvaje, ¿verdad? Aquel punto incivilizado que a pesar de todo sigue haciendo cultura con lo que le tocó, lo cual, efectivamente, ha sido la barbarie. Mi punto es que nadie tiene pruebas de que las afirmaciones de la alcaldesa acapulqueña no sean, de hecho, posibles. 

Pero en serio. El calor y la violencia: menuda relación belicosa. No consigo desasociar esa idea cuando pienso en Culiacán, pero tampoco cuando pienso en Coahuila, Tamaulipas o en la región que ostenta un nombre tan aterrador: Tierra Caliente. Aunque a estas alturas, nombres como Michoacán, Guerrero o Estado de México, tienen el mismo efecto. 

Y cómo no pensar en que la temperatura guarda una profunda, enigmática, casi mitológica relación con la furia humana si el lenguaje no deja de insistir en ello: “el clima de violencia que se vive aquí, acá y acullá”, exclaman los noticieros. “Las calles arden, yo estoy alerta”, exclama Gerardo Ortíz.   

Ahora, ahí está el detalle. Ningún fenómeno social es monocausal. ¿Qué más hay? 

Se llegó, en algún momento, momento inconcluso, a sugerir la idea de que la proliferación masiva de narcocorridos tenía un efecto nocivo en la sociedad y, en consecuencia, la reproducción de estos fue prohibida en estaciones de radio y canales de televisión de algunas de las zonas más violentas y calurosas del país. Por ejemplo, el entrañable Malova, quien en 2011 prohibió en Sinaloa la difusión de narcocorridos y la contratación en eventos públicos de artistas con tan morboso repertorio musical. En realidad, y a pesar de la millonaria popularidad de estas excitantes canciones, la opinión es relativamente generalizada: otro ejemplo: cuando en 2019 sucedió lo que ha sido dado en llamarse Jueves Negro, o sea, el asedio abrumador de la ciudad de Culiacán por parte de las fuerzas armadas del Cártel de Sinaloa para exigir la inmediata liberación de Ovidio Guzmán, cuando esto ocurrió, pues, alguien publicó en tuiter una de las imágenes más populares del acontecimiento, en la que se puede apreciar una postal de la ciudad, en modo zona de guerra, con columnas de humo erigiéndose en puntos dispersos, y escribió algo como esto: cuando quieras sentirte chingón escuchando narcocorridos, recuerda que éstas son las consecuencias de la narcocultura. École. A tan sesudo análisis yo solo agregaría: … y la calor.

Es que la calor es fiera seductora y harto mañosa. Dicen los que saben: que por un lado nos ponemos más irritables cuando la temperatura sube, yo les creo, sobre todo tras el poético experimento de poner a gentes en habitaciones con control de temperatura, luego a un individuo divertido que los evaluaba cual crítico de personas y finalmente, subiéndole a los grados centígrados, la posibilidad de darle un escarmiento eléctrico al osado opinador, si ése era el deseo del criticado. Claro que la descarga era falsa, pero los resultados mostraron, bien ambiguamente, diría yo, que cuando las temperaturas subían, las gentes tomaban el impulso decisivo de ser violentos y castigar al hablador. También dicen los que saben: que cuando arrecia la calor es común que bebamos cerveza, yo no puedo sino creerles. Aquí la evidencia: primero que nada: “Unas ultras pa la sed, pa matar el calorón”, Calibre 50 por un lado, “Necesito unas heladas pa ponerme bien al tiro y con eso de volada quedo como gallo giro”, Los Tucanes de Tijuana por el otro. Es decir, a decir de quienes saben de lo etílico, nos permitimos unas aparatosas conductas cuando nos desinhibe la sustancia histórica.

¿Se entiende? 

Entonces, ¿cómo? 

La recomendación sería evitar vivir en lugares calurosos, eso lo primero, ¿no? Luego, si ya de plano uno no puede elegir bien a bien en dónde morar, pues evitar las mentadas heladas, que nada bien le hacen al sosiego. Empero, estamos hablando de una tamaña cosa con eso de no tomar cerveza cuando hace calor, ¿me explico? Pues amén de evitar el horror y la violencia, si fatalmente condenados estamos al calor y la cerveza, bajo ninguna circunstancia, cueste lo que cueste, hay que ambientar con la atmósfera musical de los narcocorridos nuestra pachorra bochornosa, hay que, como dijeron los Calibre 50 una vez, “acabar la violencia, no más delincuencia, el ejemplo hay que dar”. 

¿Será? 

¿Quién nos ha dado el ejemplo a nosotros, un país desbocado, acaudalado y miserable, descomunal e insignificante, un país que nunca cambia y es igual que siempre y es igual que todo? ¿De dónde agarramos nuestras mañas malandras y nuestros rituales solemnes? ¿De dónde obtuvimos la violencia? 

Quién sabe.

En cambio, los narcocorridos se conocen a sí mismos y quizá conocen a México mejor que cualquier otra manifestación cultural. Saben de dónde y de quién vienen y saben a quién y a dónde van. Otros que saben cosas, dicen que los narcocorridos son temidos por la cultura oficial porque se oponen a lo oficial orgullosos de su estatus marginal. Corridos prohibidos. Autoproclamación manifiesta, programática. Sí, los narcocorridos son todo lo que dicen que son pero también son más, son la pérdida de la máscara, son el antiestado, a pesar de ser devotos del poder. Y junto a la alcaldesa de Acapulco, la ciencia de datos, la censura narcocorridíl, el demonio de los alcoholes, los corridos prohibidos vienen también a aportar su granito de arena en la mejor comprensión de eso que pasa en México pero no nada más en México, lo que nos encierra, aterra, enfurece y agüita, pero que también nos asombra, excita, emociona y fascina: “Sabemos que el narco imperio nunca lo van a tumbar, si en la política grande no dejan de cooperar. Si andan en el mismo barco, juntos lo van a remar”: La fiesta de los perrones: Grupo Exterminador. 


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