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La radio no debe desaparecer

Actualizado: 30 ene 2023

La sociedad moderna

Las generaciones contemporáneas, nacientes en los noventa tardíos y principios de los dos mil, han intentado sepultar —o al menos transformar— a los medios de comunicación tradicionales. La prensa pasó de las titánicas rotativas y el olor a papel periódico a los quioscos digitales, donde periódicos de izquierda y de derecha convergen en páginas de memes. La televisión, por su parte, se quitó la corona ante las plataformas de streaming como Netflix y HBO Max. El hastío y los molestos comerciales fueron sustituidos por un consumo voraz capaz de engullir una temporada entera de una sentada. Algunas transformaciones propiciadas por los avances tecnológicos han beneficiado, pero un medio divulgador de cultura debe proseguir: la radio no debe morir, o habremos perdido la última curaduría musical de carne y hueso.

La música en la sociedad moderna, sea con suscripción o con anuncios, es brindada por plataformas como Spotify, Apple Music, YouTube, Deezer y otras tantas con menor convocatoria. La ubicuidad de la música digital, su presencia en todos los teléfonos celulares, los ordenadores y las tabletas, fue relegando a los aparatos que reciben señales radiofónicas. Pese a ello,

la radio se aferra con dientes y garras a no esfumarse ante la inevitable digitalización de los medios de comunicación.

La alternativa a la radio

Por más supuesta libertad que vendan las plataformas de música, ésta es limitada y no deja de contribuir al dominio de las disqueras. Aquí tomaré prestado un término de los estudios de videojuegos: el streaming de música ofrece una libertad dirigida. Víctor Navarro, analista de juegos de video, indica que el usuario se mueve sin aparentes restricciones y lo goza, pero siempre se dirige hacia donde el creador indica —en este caso, la industria transnacional de la música— . No hay más.

Spotify no duda en mostrarte una pantalla de inicio producto de uno de sus mayores orgullos: el algoritmo. Cada día son creadas más listas de reproducción auspiciadas por el anonimato de una máquina. Las playlists se vuelven ridículamente asfixiantes y específicas al grado de inspirar pavor. La curaduría de las plataformas llegó al punto de establecer una paleta de estados de ánimo. Hemos dejado manipular nuestro sentir con selecciones como Qué sad o Feelin’ Good, ambas de Spotify. Queda por de más aclarar que son establecidas por un algoritmo.

¿Qué tiene que ver eso con la radio? Absolutamente todo.

Si las plataformas de música son el perfeccionismo de las máquinas y los algoritmos complejos, la radio supone una de las pocas selecciones musicales que conserva al humano como dirigente. Detrás de cada programación de radio existe un ser dispuesto a seleccionar música dentro de un repertorio inmenso.

La selección artesanal se vuelve, entonces, un acto de la más alta humanidad, una acción de resistencia ante la sofisticación de las fórmulas informáticas.

Los argumentos para dejar de sintonizar la radio se caen ante la jerarquía dominante del algoritmo. Se habla de los cortes comerciales y el tiempo efectivo de música; no obstante, aun con el pago por suscripción se vive rodeado de publicidad todo el tiempo. Las redes sociales también son un modo tributario, pues se comercializa con un valor innegable en la industria musical: el de la relevancia. ¿Recuerdan aquellos días donde las disqueras imponían a un artista con el único fin de ocupar un espacio en los medios de comunicación? Pues hoy se vive esa misma dinámica en Facebook, Instagram y, a menos escala, Twitter. Que no exista una transferencia monetaria directa no significa que algún grupo de poder no se beneficie de tu tiempo de pantalla, de los likes y de cada anuncio saltado. Así, los cortes comerciales en la radio son el menor de los males.

Si pudiéramos objetar algo a las estaciones de radio sería que, por debajo del agua, algunas reciben enormes cantidades de dinero para transmitir canciones con poca o nula propuesta artística. El problema reside en la ideología de ciertos canales radiofónicos que se han beneficiado del modelo Billboard, capaz de sacrificar la difusión de las exploraciones sonoras más interesantes en pro de las exigencias del mercado. Quedan fuera discusiones vitales sobre este medio de comunicación, como lo es la lucha por la radio pública, el derecho de las audiencias y la representatividad. En resumen, las garantías de tener una radio por todxs y para todxs.


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