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Las aventuras del Fifo: la pesadilla colgante

Actualizado: 1 jul 2022

Nuestro guitarrista preferido, de nombre Braulio, apellido Quintana y apodo Fifo, llegó al consultorio del Dr. Arlequi a eso de las 19:23. —Dígame, señor Quintana. ¿Qué lo acongoja?— preguntó el psicoanalista barbado con la pluma solemnísima en la mano; el sutil ajuste de sus gafas presagió lo peor y el Fifo tragó saliva con un gesto que hizo pensar en la Batalla de Narva o en la muerte de un mamut. —Sepa usted que llevo 17 años ejerciendo este oficio. Puede contarme lo que sea, señor Quintana, yo no soy nadie para juzgarlo y mucho menos para escandalizarme. Este es un espacio de plena confianza—. Entonces el Fifo pensó en lo que cobraba el Dr. Arlequi por cada sesión y supo que le tenía que decir, porque si no eran muchos pesos tirados a la basura y no es como que le sobraran, así que tomó aire y buscó el discurso, porque llevaba días sin decir nada y cómo lo molestaban todos con que le comió la lengua el gato. Por lo que Braulio Quintana se armó de valor y empezó la historia.

Sucede que salía de lo del Bocas, y como no traía feria, pues me regresé en el Tsuru del Chuma; bueno, me acercó, porque vive retelejos y no le quedo de paso, pero igual me hace el favor de botarme en el eje y yo camino otro tramo. Obvio me llevé la lira en los brazos, porque su coche anda bien amolado y de dejarla atrás esa guitarra se magulla. El punto es que no habíamos ni subido al carro y el Chuma hable y hable, que si el Bocas perdía el ritmo, que su falso redoble, que tocaba sin filin, y dale 20 minutos de berrinche y yo diciéndole que simón con los resortes del asiento perforándome las nalgas. Ni me esperé al eje porque ya me tenía hasta los tambores con sus quejas, le dije que ahí estaba bueno, le di las gracias y hasta luego. Ni me importó caminar dos calles más cargando el changarro, con tal de andar bien calladito… vieras qué bonito es el silencio después de tocar con el Bocas, uno hasta piensa que podría volverse monje, me cae de a madre. Llegué a la casa bien puteado, pero con las ideas bien puestas. Como que la caminata me aclaró la mente y me entraron unas ganas de renovarme. Al día siguiente me levanté bien tempranito y me fui a la Vasconcelos, qué biblioteca, doctor, seguro la conoce. (Arlequi apunta en su libreta) Ahí me puse a investigar y terminé sacando hartos libros; pura música sofisticada, doc, pa’ variarle. De modo que me armé un bonche de estándares y piezas clásicas en tablatura y era el hombre más feliz del mundo, palabra. Ese mismo día empecé, porque traía los ánimos bien arriba y ni modo de desperdiciarlos tomando cerveza; entonces vi el índice del libro de estándares y vi una rola con un nombre difícil que seguro suena bien bonito en la boca de un gringo, ésa me la salté; la de abajo estaba más pronunciable y por ésa me fui. Pero pues nadie me habló del bi flat sus for ni del i flat meiyor seben y pues los dedos se me atrofiaron jugándole al Errol Garner. Entonces sí me tuve que dar una cerveza porque el coraje nomás no se me pasaba, pero luego me repuse y le di al otro libro. Como luego se ofrece que te piden rolas finas y uno saca puro Tri Souls of mai Maind, pues me di a la tarea de manejar unas piezas de abolengo y saqué al Tárrega. Ahí sí ni vi el índice porque ya me la sabía; el Rata me dijo que una vez lloró con la de Capricho Árabe, y como quien dice “el que las lágrimas desobedece, en la tumba se retuerce”, de modo que me puse a darle en caliente, y al principio me defendí machín y me sentí bien salsa, de veras que bien bello sonaba y hasta peinadito y de chafirete me sentía, pero luego llegaron los acordes de cejilla rebuscada y ni cómo hacerle, mano. Los dedos se me terminaron de amolar y de ésa sí no había trago que me sacara. Y usted dirá: Ya veo, señor Quintana. Estamos frente a un caso de frustración común. En esos escenarios, es indispensable identificar el sentimiento y ser comprensivo con uno mismo; te has impuesto un desafío de gran dificultad, lo cual es maravilloso, ya que indica confianza en tus capacidades y mucha motivación, elementos esenciales en toda empresa significativa. No obstante, debes prever las vicisitudes, uno no siempre consigue lo que desea y es necesario saber que, en tu caso, una frustración ocasional no tiene que significar forzosamente un fracaso definitivo. Después de todo, puedes seguir ensayando, y bien sabemos que la práctica hace al maestro. Y hasta ahí de acuerdo, máster. Pero espérese, que no vine a tratar mi dolor de dedos, que para eso iba al huesero y mire, como nuevo. Yo vine a contarle otra cosa, doctor, y es que esa misma noche que empecé a ensayar tuve una pesadilla que me escamó la piel. En el sueño me encontraba tumbado en un hospital, nomás estaba yo, yo solito, y traía puesta una bata blanca como los médicos; en eso me levanté del suelo y caminé directo a la cama 237, donde estaba mi paciente. Ni pregunte cómo supe todo esto, porque ya sabe que los sueños son así, misteriosos. En fin, no podía verle la cara al paciente, porque estaba todo cubierto en sábana verde, de modo que nomás se veía un bulto inmóvil en el colchón. A mí eso no me extrañó, y me puse a acomodar unas pastillas en la bandeja del paciente, para eso me di la vuelta, entonces lo perdí de vista. Y cuando giro para darle sus píldoras el bulto ya no está. Ahí sí me contrarié, pa’ que vea, porque cómo es posible que en un hospital serio anden desapareciendo los pacientes. Y que doy un paso hacia la cama y retumba en mis oídos una música complicada, doctor; qué digo complicada, era complejísima, nada pentatónico, ningún oupen cord, un sonido tenebroso, doctor. Y mientras más avanzaba más fuerte sonaba, y yo creía que me iba a quedar sordo, se lo juro por ésta, y entonces jalo la sábana verde de un manotazo…

El Fifo palidece violentamente y comienza a temblar; el Dr. Arlequi, concentrado, ordena: “Continúe”.

Entonces jalo la sábana verde de un manotazo… Y la música desaparece (el Fifo recupera el color), y todo se vuelve oscuro y me doy cuenta…

¿De qué se da cuenta, señor Quintana?

De que el paciente está en mi mano, doctor, de que lo sostengo en la mano izquierda y pesa como la chingada. Entonces abro la mano y ahí está, debilitado, exhausto, moribundo, agonizante, usted comprende…

¿El paciente era… un hombre miniatura en la palma de su mano?

No, doctor, ¿qué no está poniendo atención? El paciente era mi meñique… Parece absurdo pero es aterrador… La gente que le teme a los alacranes deja de ir al desierto, la que le teme a los aviones se va en barco, la que le teme a la soledad se casa, ¿entiende? Pero yo ni modo de amputarme el dedito ése, y lo peor es que lo tengo que ver todos los días.

Una vez en su mano, ¿hubo alguna interacción con el paciente?

Sí, ni me quiero acordar. Y es que no es tanto que no quiera sino que no puedo. Yo lo vi ahí todo pobrecito y pues me dio lástima, las tabletas quién sabe dónde quedaron y no había manera de ayudarlo. Entonces me empezó a hablar, doctor, yo creo que en egipcio o en alguna lengua de ésas porque no le entendí nada, sólo que me decía cosas de música y que hablaba en serio. Luego como que me entraron ganas de tocar, pero a la vez tenía miedo.

¿Y después?

Después me quedé chimuelo y un hombre me empezaba a perseguir y yo como que quería correr pero no avanzaba. Pero eso no tiene importancia. Ahora explíqueme mi sueño, doctor.

Tras una breve cavilación, el Dr. Arlequi ajustó sus anteojos y dijo seriamente: “Se me ocurren dos posibles interpretaciones del onirismo, señor Quintana, pero antes debo preguntarle: ¿se siente satisfecho con su desempeño sexual?” El Fifo soltó una carcajada que se oyó en todo el edificio. N’hombre, doctor, si le digo satisfecho me quedo corto. —Lo pregunto porque mi segunda interpretación depende en gran medida de su respuesta, señor Quintana. La primera es, en realidad, muy simple: se trata de una transfiguración obsesiva del esfuerzo motriz realizado durante el día, usted efectuó una actividad sumamente extenuante que requería plena concentración, por lo que su cerebro trasplantó los elementos de su aprendizaje guitarrístico al mundo onírico. Ahora bien, otra posibilidad mucho más simbólica deja ver una discrepancia notoria entre el significado manifiesto del sueño y su significado latente. A mi parecer, el meñique convaleciente es una clara representación fálica, cuya debilidad denota un temor inconsciente a la impotencia. Aquí el elemento musical es fundamental. Usted, como guitarrista, ve en la destreza instrumental un signo de virilidad que contrarresta y atiende las inseguridades coitales, de ahí que usted se mostrara ante el meñique como un doctor, y la desaparición del paciente se viera acompañada de un crescendo sonoro. A todo esto, le repito la pregunta, señor Quintana: ¿se siente satisfecho con su desempeño sexual?


El Fifo pagó la consulta y regresó a su casa sin un quinto. Cuando llegó, hurgó el refrigerador en busca de algo que aliviara el rugir de sus tripas. Encontró un corazón de manzana y medio sándwich que no le quitaron el hambre, pero sí la inanición. Entonces sintió cosquillas en su lánguido meñique y le entraron ganas de tocar, por lo que tomó la guitarra y se sentó en el filo vencido del sofá. Ojeó las tablaturas para repasar lo aprendido y luego cerró el libro. Sonó el Capricho Árabe de principio a fin, y con las últimas notas, es decir, con el acorde que se forma entre la tercera, la segunda y la primera cuerda pisadas en el décimo traste, el Fifo soltó las lágrimas más diáfanas de su vida. Al día de hoy, no está seguro de si el llanto se debió a la pobreza, a la belleza del Capricho, o a que en el fondo, muy en el fondo, temía que ya no se le parara.

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