Life Aquatic con Stephen Hillenburg

Actualizado: ago 10

por Alex Ramirez

Cuánto no se ha hablado del mar y sus terrores. Los reportes del submarino que mandamos a explorar las profundidades nunca han traído buenas noticias. La bitácora del capitán Lovecraft, las imágenes del primer oficial Spielberg y un tercio de la tripulación del Titanic nos cuentan de monstruos cósmicos y escondidos témpanos masivos, pero al acecho, en los rincones más fríos del océano. No hay mensaje dentro una botella que sea esperanzador; son las despedidas de los condenados por las olas. Y eso son sólo los que llegan a ser vistos. Las rocas más grandes del suelo submarino son el tapiz de últimas palabras, de gritos ahogados por la corriente. De ahí el sonido de las conchas. Voces que, en otro idioma, claman ser escuchadas por el oído al que estaban destinadas. Si levantas una concha y no oyes al mar es porque esa voz ya fue escuchada. Es por esto que las conchas siempre suenan.

Al menos esa era la historia que se contaba antes. Heredada por piratas, quienes a su vez la heredaron de Ulises, la historia del mar se pinta de rojo y verde y se cuenta en estrofas que advierten peligro. Pero después de siglos de banderas negras en la playa dos hermanos se cansaron de tener que nadar con precaución. El viaje de Gene y Dean comenzó en 1984 y, no muy diferente al de Colón, lo primero que hicieron antes de zarpar fue financiar su empresa. La música pareció ser un buen punto de inicio, por lo que después de seis años sacaron un disco. El siguiente año sacaron otro. Y el siguiente otro. Esperaron dos años y sacaron otro. Esperaron otros dos años y sacaron el quinto. Y fue después de este quinto que se dieron cuenta que ya tenían suficiente capital para emprender su viaje. Los hermanos Ween no creían, sabían que las profundidades marinas eran mucho más que oscuridad y muerte. En sueños veían colores brillantes mientras deambulaban por un peculiar pueblito de personajes excéntricos y amigables. Por fin, en 1997, se subieron a su navío, adecuadamente bautizado The Mollusk, e ilusionados se adentraron al mar, decididos a mostrarle al mundo que no había porqué temerse a sí mismo.

Y los hermanos… fallaron. En su intención por retratar lo desconocido como fantástico no alcanzaron a recordarle a la especie que nuestro hogar original fueron esas tinieblas húmedas que ahora tanto nos aterran. Lo que sí hicieron, sin embargo, fue inspirar al que vendría después. Y es que los hermanos Ween sabían de nacimiento lo que muchos viven sin aprender; no es lo que haces, es lo que se hace con lo que haces. Ellos cumplieron su objetivo, si bien a menor escala. Lograron que una persona le perdiera el miedo al mar. Ese hombre bajó por el camino pavimentado por los hermanos y encontró el colorido pueblito que en sueños se les aparecía a los hermanos. Encontró una piña, una roca y una cabeza de la isla de Pascua. Logró quitarle el miedo al mar a toda una generación, le recordó a cientos de miles de niños, si no es que millones, que lo desconocido no tiene porqué ser unas fauces listas para devorar. Lo desconocido, en su condición de “desconocido”, es lo que sea que hagamos de él. Y si queremos que la capital del fondo marino sea R’lyeh, lo será. Pero si queremos que sea Fondo de Bikini, también lo será.

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