Los 50 álbumes favoritos de Cluster 2010-2019, parte 8

Actualizado: 26 de may de 2020


Foo Fighters // Wasting Life (2011)

por Clara Hoffmann de Buen

Siento un amor profundo hacia Foo Fighters. Durante mi faceta de adolescente malhumorada y agresiva, solía encerrarme en mi cuarto a escuchar Walk a un volumen preciso, es decir, suficientemente alto para complacerme, pero no tanto como para que mis papás me regañaran. Aún así, aunque me considerara una chica rockera, prefería las canciones en las que Dave Grohl cantaba de forma un poco más calmada. Por esto mismo, Wasting Life se convirtió en el soundtrack de demasiados bailes solitarios. “Walk” será por siempre la canción que escucho para sentirme motivada, nunca me atreveré a cantar algo más que “These Days” para deshacerme de un mal humor y no habrá un viaje en carretera en el que no escuche “Dear Rosemary” y “Arlandria”. No me atrevo a asegurar que es el mejor álbum de Foo Fighters, no sé si pueda siquiera elegir uno, pero definitivamente tuvo una enorme presencia en la década anterior.


Danny Brown // Atrocity Exhibition (2016)

por Alex Ramírez

La primera canción de Atrocity Exhibition suena como si un vagabundo drogadicto te acorralara en un bar de mala muerte en el barrio más bajo de Detroit. El resto del disco es el viaje al que entras después de que dicho vagabundo te apuñale con una jeringa llena de un líquido púrpura con la consistencia del semen y un olor a enfermedad venérea. Para los amantes del hip hop escuchar el disco completo, con la chillona voz de Danny, la retorcida y cacofónica producción, y la renuencia del Señor Brown por rapear con el beat, será una verdadera experiencia. Toda la pulcritud y el falso porte de asesino y narcotraficante, a que muchos otros artistas del género nos han acostumbrado, se quedan en la puerta del antro. Más allá de “Really Doe”, la canción más accesible del disco, todo suena como la pesadilla de una caricatura adicta al crack y al sexo sin condón en baños de gasolineras. La primera vez que escuches “Ain’t it Funny”, y que veas el video dirigido por Jonah Hill, vas a querer llamar a la policía. Pasar de Drake a esto es similar a tomar una chela y después meterte krokodil. “Golddust” suena como los últimos pensamientos de Chris Farley antes de morir de una sobredosis mientras que “White Lines” es un parque de diversiones que pasó por una trituradora y se mezcló con coca y prostitutas. Y esas son dos de las más amigables. Es supremamente sucio, repugnante, viscoso en las orillas y visceralmente horrible. Tiene más en común con una película de George A. Romero o Juan López Moctezuma que con cualquier cosa que haya salido del mundo del hip hop en los últimos años. Un shoutout al título, prestado de una canción de Joy Division, y a la última canción del disco, que irónicamente recuerda que, por más bajo que se pueda caer en el bar más bajo de Detroit, nunca es tarde para salir de la porquería.


Florist // The Birds Outside Sang (2016)

por Mathias Ball Escamilla

The Birds Outside Sang de Florist es un álbum que deja claro que el dicho “no juzgues un libro por su portada” no aplica en el mundo de la música; la escena que retrata de forma minimalista —los elementos básicos de una habitación flotando en un fondo color menta— transmite de forma brillante la intimidad de la música que yace dentro. Emily Sprague compuso este álbum cuando se recuperaba de un accidente de bicicleta grave y sus repercusiones se sienten de manera fuerte en el álbum: las letras tratan temas como el dolor, la corporeidad y la identidad, atravesados por una actitud nueva ante la vida que Sprague obtuvo al estar tan cerca de la muerte. El resultado es un álbum bellísimo, una mirada íntima a un momento poderoso de reflexión, cambio y mucho amor. Durante la media hora que dura, The Birds Outside Sang le da un brillo diferente a la vida; mientras escribía esta entrada veía al sol bailar entre las hojas del ficus de mi jardín y me sentí profundamente contento de estar vivo.


Kendrick Lamar // DAMN. (2017)

por Mariana Sánchez

En este caso no considero que, a diferencia del resto, este álbum haya tenido algún impacto particular en mi vida. Sin embargo, creo que podemos tomarnos una pausa del mundo rosado y cursi de mi adolescencia para darle su debido lugar a un álbum definitivamente importante en muchos sentidos, empezando por el hecho de que fue el primer álbum de rap en ganar el premio el prestigioso Premio Pulitzer, lo cual generó controversia en ambos “bandos”, ya que por un lado parecía inaceptable que tal música estuviera llegando a altos niveles de prestigio, mientras que por otro lado, pero a la vez por lo mismo, esto conllevó a la reflexión sobre la actual industria musical, así como los conceptos de la música “buena” y “mala”. En este nuevo álbum, Lamar se muestra con un estilo muy contrastante al del anterior To Pimp A Butterfly, el cual ya había tenido un gran impacto en su momento; a diferencia de ése, el rapero se muestra aquí con una visión más de introspección y, aunque toca los mismos temas controversiales, agregando incluso los de la actualidad, esta vez parece pretender tener un impacto todavía mayor, ya que las pistas son más agresivas rítmica y melódicamente, con muchas repeticiones, lo cual se vuelve más pesado para el escucha. Además, en las letras se nota una clara proyección del artista en las situaciones políticas y sociales actuales, ya que en la mayoría de ellas se utiliza a él mismo como sujeto que a su vez representa al grupo étnico y social del que proviene. El disco va tratando diversos temas que a la vez resultan ser uno mismo, ligados por las ingeniosas rimas que se van presentando; hace una crítica a la sociedad que es a la vez una crítica hacia él mismo, habla de los problemas grandes y los pequeños, lo importante y lo superficial, los grupos sociales que están tan separados pero al final forman una misma humanidad. He de aceptar que todavía no logro escuchar este álbum de corrido, y no porque lo considere malo o porque me disguste sino, todo lo contrario, me altera de tal manera que no lo aguanto mucho tiempo. Y es que creo que justo ahí yace el valor de este disco, ya que no cualquier artista logra el dominio de las metáforas auditivas y literarias al grado de impactar tan acertadamente en el público y lograr que el mensaje se quede.


Roméo Elvis x Le Motel // Morale 2 (2017)

por Bruno Armendáriz

Esta colaboración entre el beatmaker Le Motel y el rapero belga Roméo Elvis simplemente resultó en un álbum de virtuosismo raperístico. A lo largo de sus 13 canciones quedan patentes tanto la variedad de las instrumentales como la versatilidad de Roméo para fluir sobre ellas. Impresiona y emociona escuchar poco más de media hora de rap con canciones tan disímiles en cuanto a estilo y, sin embargo, tan compatibles entre sí: la hasta entonces atrevida yuxtaposición entre un track a doble tempo con una instrumental lo-fi-jazzy, seguido de un rap acompañado de una guitarra acústica predominante en la mezcla, cobra un sentido de unidad especial y novedoso. Y es que cada uno de los componentes del disco encaja en el todo de una forma magnífica: los hooks son eficaces y pegajosos, la rica mutabilidad de los beats respalda sólidamente la multifacética voz del rapero belga, que no escatima recursos para moverse entre el bombo-caja, ya sea intercalando fragmentos cantados con pasajes rapeados, o bien añadiéndole un toque histriónico a sus barras. La entrega de cada línea en este álbum es poderosa y expresiva gracias a sus contrastes estilístico-emotivos, y nos hace pensar que siempre habrá formas de enriquecer los géneros musicales más comerciales.


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