Los ojos del silencio

Actualizado: ago 10

“[...] el timbre de voz de la sombra no era el timbre de un solo individuo, sino de una multitud de seres.”

Edgar Allan Poe, Sombra


Esta es la historia de otro solitario empedernido, de un extravagante más en algún pueblo enrarecido por las heridas del tiempo. Lo conocían por el nombre de Rodrick Gerhardt; un tipo sombrío de mirada gélida, rostro enjuto y áspero al trato; antes profesor, esposo y padre. Hasta el día de su muerte, acaecida la noche del 27 de octubre de 1891, no se sabía demasiado sobre él; tan sólo que un afinador de pianos llamado Edward Milner, esposo de una joven enfermera del sanatorio y, casualmente, vecino suyo, lo visitaba sin falta una vez al año. Aunque difícilmente podría hablarse de amistad, los extraños eventos que unieron a Rodrick Gerhardt y a Edward Milner son, sin lugar a dudas, mucho más fuertes que la simpatía y la afinidad.

No he de ser juzgado por haber escuchado y reconstruido tantas veces lo que estoy por relatar, pues la memoria me obliga, y cualquier hombre que haya vivido en la desgracia, ya sea por un fugaz instante o por el resto de su vida, sabe de los profundos imperativos del alma. Lo impredecible y lo inexplicable han sido, desde el inicio, los dioses que nos han transformado en ángeles o en bestias, en seres de renombre o en desconocidos incapaces de inspirar otro sentimiento que la desconfianza y el temor. Todo aquél que ha pisado las húmedas tierras de Millport conoce la angustia y la nostalgia, la sensación del naufragio, la tortura del recuerdo: la vivencia de un pasado menos agrio, incluso feliz.

Casualidad o no, Rodrick Gerhardt llegó al pueblo de Millport cuando recién enviudó. El trágico accidente que, intuimos, había matado a su esposa y a su hijo primogénito, nunca nos fue revelado más que por su semblante corroído. Las únicas palabras de Rodrick Gerhardt que el pueblo conoció, fueron las que se escapaban todas las noches por la ventana del salón de su casa; edificio que, siempre en vela, acogía únicamente acordes tristes y sones marchitos. —Hoy vine a sentarme a tu lado, mi vida, queriéndote amar; hoy vine a pedir que me lleves, querida, en el eco del mar— cantaba diariamente el afligido viudo. Durante nueve años, el pueblo sólo conoció la desazón de estas baladas, pero al décimo año todo cambió drásticamente: los sonidos que salían de la residencia Gerhardt eran cada vez más extraños y descuidados, la estridencia crecía y borraba todo rastro de equilibrio y de mesura. El desquicio de aquel hombre era ensordecedor y espeluznante, y la locura que provocaban sus clamores se exacerbaba con el paso de las noches. Las progresiones más horrendas de sonido inundaban las calles de Millport durante largas veladas. El terror que infundía el sonido era abismal e infinito. Sin embargo, cuando la parálisis de aquel pavor estaba al borde de alcanzar su punto mortal, los sonidos cesaron de repente, y un sosiego espantoso y definitivo abrazó al puerto.

Una mañana de aquel décimo año, después de una semana entera de inaudito silencio en el concejo, la señorita Stevens reportó el insoportable hedor con las autoridades, un olor nauseabundo que provenía de la residencia Gerhardt desde la noche anterior. Cuando la policía irrumpió en el edificio, halló el cadáver de Rodrick Gerhardt tendido en el centro del salón, con una expresión escalofriante en el rostro. La casa se encontraba completamente desolada y a oscuras, no había un solo mueble ni decoración en el edificio, y todas las ventanas, salvo el ajimez abierto que conectaba al salón con la calle, estaban cubiertas por pesadas y largas cortinas. Las pertenencias del pobre viudo se reducían a un piano antiguo, miles de partituras esparcidas por el suelo con extrañas inscripciones y signos insólitos, y un pequeño cuaderno que se encontraba próximo a su cuerpo. Entre las páginas del cuaderno se encontraba un retrato ligeramente velado y trasnochado de su esposa y su hijo, que servía de separación entre las anotaciones neuróticas de los meses pasados y las marcas de algunas páginas arrancadas toscamente. Al ver todo esto, el rostro del oficial Wilkins se ensombreció al instante, tardó en moverse; finalmente comenzó a examinar la escena, tomó el cuaderno con delicadeza y, después de hojearlo durante un par de minutos, decidió guardarlo. —Llévense el cuerpo y hablen con el sacristán; el entierro no puede esperar.— Una vez retirado el cuerpo, el oficial Wilkins divisó en el pequeño atril de madera sobre el piano unas partituras muy particulares, distintas del resto; sucias, arrugadas y con unas líneas casi ilegibles escritas con una tinta oscura y densa. El oficial tomó las páginas y las guardó cuidadosamente junto con el cuaderno, luego abandonó el edificio.

Según escuché tiempo después, tras realizar los procedimientos habituales —es decir, llenar los debidos formularios y redactar el reporte— el oficial Wilkins se dedicó a inspeccionar las anotaciones del cuaderno y las inusuales líneas de las partituras en el atril. Todo le resultaba incomprensible y oscuro, los signos y las palabras que encontraba en aquellas páginas eran de lo más extraño, códigos indescifrables, palabras impronunciables. Largas horas estuvo el oficial tratando de encontrar algún patrón en aquellos símbolos, alguna conexión lógica que explicara aunque fuera superficialmente las inscripciones, pero el intento fue inútil: más que palabras, los signos en las páginas eran imágenes; más que imágenes, las figuras plasmadas en las hojas eran sonidos incognoscibles, alusiones a una experiencia que nuestros sentidos ignoraban. Mientras más miraba las páginas tratando de comprender, más se manifestaba la insania del oficial, que a pesar de la frustración seguía observando, oyendo, sintiendo las inscripciones que yacían esparcidas en el escritorio. Una sombra inefable rondaba su mente, una especie de vértigo confundía sus sentidos, un océano oscuro pronunciaba intensos estrépitos en su cabeza. Dos días pasó el oficial Wilkins en aquel trance maldito, hasta que un colega lo encontró fulminado en la silla de su escritorio, con los ojos desorbitados y el cuerpo contraído, mientras susurraba frases ininteligibles, ruidos guturales nunca antes percibidos. Desde luego, el oficial fue inmediatamente llevado al sanatorio. El episodio fue adjudicado a una crisis nerviosa, algo no muy descabellado si se piensa en la edad relativamente avanzada del oficial Wilkins y en la aparente inactividad del pueblo de Millport. Aquel mismo día, el caso fue transferido al oficial Dunn, un hombre solemne de unos cuarenta años cuya personalidad parecía considerablemente menos impresionable que la del oficial Wilkins. Tras leer el reporte del caso, el oficial Dunn no hizo más que corroborar la supuesta locura y misantropía de Rodrick Gerhardt, por lo que, sin mirar las páginas y las inscripciones que tanto afectaron al oficial Wilkins, sacó sus propias conclusiones.

El día del entierro, una sola persona asistió a la ceremonia: Edward Milner, el afinador de pianos, el único conocido en el pueblo, quizá, de Rodrick Gerhardt, aunque probablemente sea inexacto hablar de un conocimiento profundo. Cuando Edward Milner regresó a su residencia después del entierro, el oficial Dunn ya lo esperaba en la puerta de su casa, con una pequeña caja de madera que yacía a sus pies. Ahorrándose los preámbulos, el oficial se dirigió a un Edward Milner nervioso y angustiado.

— Disculpe las molestias, señor Milner. Prometo ser breve.

— Yo no lo conocía, ¿sabe? El señor Gerhardt me dirigió la palabra sólo un par de veces.

— Tengo entendido que usted visitó diariamente a Rodrick Gerhardt durante las últimas semanas de su vida, y que antes, usted visitaba su residencia una vez al año para afinar su piano.

Así fue, pero en esas visitas no se dijo ni una sola palabra… Le digo que me habló tan sólo un par de veces.

Cuénteme sobre la última vez que hablaron.

Yo estaba en la alcoba, con Margareth, cuando, de pronto, unos golpes a la puerta me obligaron a levantarme de la cama. Los golpes, desesperados y violentos, no cesaron hasta que abrí el portón. La oscuridad y el letargo que me invadía me impedían distinguir la figura de la persona al exterior de la casa. Sin embargo, antes de que pudiera acercar la vela a la silueta para identificarla, ésta dio un paso al frente y me tomó de los hombros con fuerza. La vela iluminó el rostro del señor Gerhardt, que repetía mi nombre con gravedad y me miraba con un brillo inusual en los ojos. Parecía otra persona, un ímpetu irreconocible enardecía sus gestos y aceleraba sus palabras. Me habló de un reencuentro que se aproximaba, de un gran acontecimiento que estaba esperando desde hace años. Junto a estas frases atropelladas, me ordenó ir a su casa todos los días para hacer los ajustes habituales. “De vital importancia, de vital importancia…” repetía con un tono severo y angustiado. No pude reaccionar, quedé estupefacto; antes de decir cualquier cosa, el señor Gerhardt ya había emprendido su camino de regreso, musitando frases incomprensibles hasta desaparecer en la penumbra. Cuando el desconcierto pasó, pensé que la paga diaria por los ajustes rutinarios me vendría muy bien, y al día siguiente fui a visitarlo, según me lo había pedido. Usted sabe que en este pueblo mi oficio es escasamente requerido, y yo tengo una mujer y un hijo que alimentar.

— Comprendo, pero ¿una vez en su casa, qué hacía usted con el piano?

— No quiero aburrirlo con detalles técnicos… digamos que me aseguraba de que las cuerdas sonaran bien; a veces hacía falta un poco de limpieza, otras veces bastaba con ajustar las clavijas. Aunque he de decirle, oficial, que por más minucioso que fuera mi trabajo el día anterior, al día siguiente me encontraba de nuevo con un instrumento terriblemente desafinado, y no hace falta poca cosa para necesitar una afinación diaria. En cuanto al señor Gerhardt, lo único que hacía mientras me ocupaba del piano era escribir frenéticamente en su cuaderno y en sus partituras; mientras hacía esto, decía cosas para sí en tono bajo y serio que yo nunca alcanzaba a comprender, pero sea cual fuere el motivo de su escritura, debía tratarse de una fuerte obsesión.

— Sueños, señor Milner, turbaciones nocturnas.— dijo mientras sacaba el cuaderno de la caja que estaba a sus pies

— ¿A qué se refiere?

— El señor Gerhardt plasmaba en este cuaderno todo tipo de ensoñaciones estremecedoras que, sin lugar a dudas, perturbaron su estado de ánimo durante los últimos momentos de su vida. Era un hombre insano con una demencia incurable, un infeliz que probablemente vivió más tiempo del que debía. Yo sé que no fue un homicidio, señor Milner, nadie en su sano juicio lo pensaría, pero mi oficio exige cumplir con protocolos, y siendo usted la única persona que lo frecuentó, es mi deber preguntarle estas cosas.

Dicho esto, el oficial Dunn levantó la caja con los papeles de Rodrick Gerhardt y la colocó en las manos de Edward Milner. —Revise estas páginas, señor Milner, quizá recuerde algo importante y pueda decirme después lo que eso significa. Regresaré en unos días para reanudar nuestra conversación.— El oficial inclinó ligeramente la cabeza en señal de despedida y se fue.

Apenas cerró la puerta tras sus pies, Edward Milner puso la caja en la mesa del comedor y sacó el cuaderno y las partituras que el oficial Wilkins había encontrado en el atril del piano. Lleno de curiosidad, Edward Milner dispuso las hojas en la superficie de la mesa, hasta cubrirla por completo de páginas e inscripciones. La curiosidad se transformó pronto en incomprensión, luego en confusión. Al poco tiempo, el desconcierto se convirtió en una consternación obsesiva, de manera que Edward Milner pasó horas frente a los signos y las figuras plasmadas en las páginas, totalmente absorto, mirando con una fascinación siniestra los extraños símbolos que Rodrick Gerhardt había trazado. Sus ojos adquirieron, de repente, un brillo fúnebre; un destello sepulcral invadió su rostro y, en cuestión segundos, su cara comenzó a contorsionarse en escalofriantes gestos, su boca emitía sonidos ininteligibles, un ruido lento y profundo se articulaba en el estrépito de sus balbuceos. Una reacción similar a la experimentada por el oficial Wilkins perturbaba el estado de Edward Milner, aunque esto yo aún no lo sabía. Fue cuando el trance llegaba a su cúspide que Margareth Milner llegó a la residencia, tras terminar su guardia en el sanatorio. Tan pronto vio a su marido en aquellas condiciones, lo apartó con violencia de las páginas y trató de reanimarlo haciéndolo inhalar un poco de alcohol con un paño. Transcurrieron largos minutos antes de que Edward Milner cesara de articular aquellos sonidos incognoscibles. Sin embargo, el silencio fue sucinto y brusco; de un instante al otro Edward Milner detuvo sus gesticulaciones y sus sonidos, y aquel extraño vigor abandonó su cuerpo súbitamente, dejándolo exánime y pálido. Tan pronto cesó el ruido, Margareth Milner tomó el mantel que yacía en la repisa sobre la estufa, y cubrió, sin atreverse a mirar la mesa, las páginas que, durante horas, había observado su marido. Aunque aquellas páginas, después del insólito suceso, fueron puestas en un baúl y arrojadas al mar, nadie se atrevió a tocarlas ni a acercarse a la mesa durante un largo tiempo.

El sanatorio recibió a Edward Milner y lo acogió varios días. Cuando el pobre hombre recuperó el color en el rostro y la suficiente fuerza para sostener su cuerpo, Margareth Milner lo trasladó a la residencia para poder atenderlo mientras cuidaba a su hijo Euen, de entonces nueve años. Las cosas que observó y que escuchó aquel infante helarían la sangre de cualquiera, y no es de extrañarse que a partir de los terribles episodios de locura vividos en Millport, la gente del pueblo reconociera en los ojos del niño aquel brillo mortal que también veían en la mirada del padre y del oficial Wilkins. Y es que las noches previas a los atroces incidentes, el pequeño Euen miraba desde su ventana el salón de su vecino, siempre en vela, cuyos sones marchitos y acordes tristes, por alguna razón, lo fascinaban. Aún cuando el estado mental de su vecino empeoró, y de su boca y piano no salían más que horripilantes ruidos e insoportables estruendos, el pequeño Euen no paraba de mirar a través de la ventana; por el contrario, su fijación por el sonido se volvía más fuerte, de modo que no despegaba los ojos del salón y escuchaba con atención aquel ruido ininteligible como sujeto por un poderoso trance. La noche del 27 de octubre, cuando el terror que infundía el sonido era abismal e infinito, y la parálisis de aquel pavor estaba al borde de alcanzar su punto mortal, Euen observó el suceso que habría de trastornar su vida para siempre: con la mirada fija en el salón de Rodrick Gerhardt, el pequeño Euen vio cómo, durante el éxtasis del viudo, un ser extraño escaló hasta el ajimez que conectaba al salón con la calle; se trataba de un cuadrúpedo sin rostro, una especie de alimaña apenas distinguible que portaba el sonido de la sombra, cargaba con el estruendo inconfundible del abismo y hablaba el lenguaje de la muerte. Cuando la criatura atravesó el umbral de la ventana, se desplazó lentamente hacia el piano de Rodrick Gerhardt con la brusca agilidad de un centípedo. Cuando hubo alcanzado el piano, la alimaña se posó sobre el instrumento y, con un movimiento indescriptible de profunda violencia y pesadez, la criatura “miró” a Rodrick Gerhardt directamente a los ojos, provocando un grito sordo en el rostro del viudo que marcó el último gesto de su vida.

Una calma espantosa y definitiva hundió al niño en un vacío interminable, en un terror eterno y dormido en el que creyó desvanecerse hasta alcanzar la oscuridad más profunda, hasta escuchar el fragor del tiempo vencido. Cuando Euen Milner despertó del desmayo en los brazos de su madre, el brillo sepulcral que acompañaría su mirada el resto de su vida ya se había impregnado en sus ojos, y no fue capaz de emitir ningún sonido a partir de aquel instante. Los días posteriores al incidente, los pasó callado en su habitación, mirando y escuchando a través de la ventana los sucesos cotidianos: oyó a la señorita Stevens llamar a la policía; vio al oficial Wilkins y a los demás agentes examinar el salón de su vecino y recoger las partituras y el cuaderno del viudo; escuchó la conversación entre el oficial Dunn y su padre; percibió desde su recámara los sonidos del episodio psicótico, e imaginó su dolor y su rostro perdido; escuchó a su madre llegar y auxiliar a su padre; y cuando pasó algunos días en el sanatorio, a causa del estado mental de su progenitor, escuchó los relatos que el oficial Wilkins, aún afectado, refería a los doctores y enfermeras. Tiempo después, sufrió la muerte de su padre, cuyo equilibrio mental, desgraciadamente, nunca recuperó.

A raíz de esta desgracia, Margareth Milner no volvió a conocer la tranquilidad; sumida en un pánico perpetuo, pasaba las noches en vela, mirando hacia el mar con un portarretrato vacío entre las manos. El joven Euen pasó los siguientes años al lado de su madre, acompañando taciturno su angustia y presenciando el prematuro deterioro de la mujer. Él estuvo siempre a su lado, escuchando el insomnio de su madre, viendo aquel brillo crepuscular crecer en sus ojos hasta el día de su defunción. Desde entonces, el pequeño Euen se ha dedicado a recordar, a revivir los trágicos sucesos de su vida y repetírselos en silencio; y no se le ha de juzgar, porque la memoria lo obliga a escribir su desgracia, y a contar la historia de este solitario empedernido.


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