Quehaceres y queescuchares

Actualizado: 22 de may de 2020

En tiempos de cuarentena, ¿qué mejor que ponernos a escuchar toda la discografía de recomendaciones pendientes? Y es que, por lo menos a mí, siempre me pasa que la gente me empieza a recomendar y recomendar artistas, canciones o álbumes, y por distractores inter-semestrales nunca los escucho. ¡Ahora ya no hay pretexto!


*Nota: a partir de aquí, se recomienda al lector poner el álbum que a continuación se menciona, para una experiencia más cercana con su servidora.


Me desperté tempranito (por supuesto que no) y, sin más, me puse mis audífonos y le piqué play a Mingus Ah Um, que fue una recomendación de un estimado amigo (como extra, él me prestó el disco físico argumentando que sigue prefiriendo esa presentación, pero por cuestiones prácticas yo recurrí al buen Spotify. Perdón, Kevin). Comienza a sonar “Better Git It In Your Soul” mientras yo, ya en la cocina y con las manos sobre una pechuga de pollo, comienzo a desmenuzar y mover la cabeza animosamente; la presentación del tema con todos los metales que lentamente se va desmoronando —al igual que el pollo en mis manos— me lleva a un estado de inmersión y ensimismamiento que se va profundizando con las repeticiones, el acompañamiento de piano, batería y metales que se sincronizan y alejan cada vez que entra un nuevo solo. Está apenas saliendo el último solo de la batería para retomar el tema inicial cuando mi hermana entra y me saca por un momento del sueño. Ya inspirada por lo que viene, le pido que no estén entrando, que voy a limpiar.

Con “Goodbye Pork Pie Hat” mi ritmo de trabajo, acelerado por la canción anterior, disminuye notablemente, y ahora la desmenuzada es más lenta, más serena, casi placentera; ahora mi cuerpo se balancea con lentitud de un lado a otro al ritmo tranquilo de la batería y el piano, mientras que el principal afectado por las deliciosas notas del saxofón son mis cejas, que involuntariamente se alzan y contraen con cada subida, bajada, glissando o regreso al tema. Respiro profundamente y de pronto comienza a sonar “Boogie Stop Shuffle”; todo lo que necesitaba para terminar con el pollo. Mis manos vuelven a enterrarse nerviosas en la carne, mi cuerpo comienza a moverse desordenadamente de pies a cabeza y pronto acabo la primera tarea. “Self-Portrait In Three Colors” suena mientras quito el mantel de la mesa y voy por la escoba (realmente no quería empezar a barrer con una balada tan lentita, entonces hice tiempo y disfruté de sólo escucharla).

“Open Letter to Duke” funcionó como entrada para ponerme a barrer; me voy deslizando de un lado a otro, sintiéndome ágil y veloz —aunque probablemente no lo fuera—. De pronto, el tempo se echa para atrás, permitiéndome recorrer meticulosamente las esquinas más llenas de polvo y de pelos de perro (¿quién diría que mi perro tira tanto pelo? Se barrió ayer y los mechones siguen apareciendo). Lentamente, el ritmo comienza a subir de nuevo, pero ya no llega al acelerado tempo inicial, sino que se queda en un tema rapidito pero tranquilito; muy ad hoc para la zona de la cocina en la que me encuentro. “Bird Calls” me regresa a este estado de aceleramiento y, acompañada por el divertido discurso de la melodía, acabo de barrer y comienzo la trapeada.

Con el sabroso ritmo swingeadito de “Fables of Faubus” me permito, de manera muy cliché, bailar y moverme en zig-zag al igual que los flecos del trapeador. Dando pasos grandes hacia atrás, unas veces más rápidos y otras más lentos, dependiendo de lo que la música vaya indicando, voy recorriendo los mismos rincones que ya tocó la escoba, procurando prever mis pasos para no pisar lo recién trapeado; no puedo decir que tuve el mismo éxito al intentar prever la dirección de las melodías y compases que sonaban en mis oídos. Ya está acabando la canción y es momento de pasar a la sala.

Casi al mismo tiempo comienza a sonar el coqueto tema de “Pussy Cat Dues” y retomo el baile con la escoba (con ladridos de mi perro, ofendido por haberlo dejado en el patio, de fondo). Ya estoy algo cansada y acalorada, y el tempo de la canción se adecua a mis necesidades: lenta pero segura, voy recolectando polvo de debajo de los sillones, las mesas y las sillas. Tras un buen colchón de solos y regresos al tema, con la batería manteniendo un pulso muy estable, que en conjunto dan una sensación de cierto mareo y pesadumbre, va apareciendo el primer solo del buen Mingus, con una sorprendente ligereza a pesar del registro de su instrumento. Hacia el final, pareciera que la canción va perdiendo estructura al igual que mi limpieza, pero por suerte llega la siguiente –y última– pista, “Jelly Roll”; qué rolita tan ideal para acabar de repasar las últimas esquinas y pasar a lo siguiente.

Lamentablemente, el disco terminó justo cuando acabé de barrer la sala, y para trapear procedí a poner una buena salsita, pero ésa ya es otra historia. Ahora me entero de que, de haber escuchado el CD que se me prestó, habría podido acabar esa sesión de limpieza con los tres bonus tracks que después se le añadieron. Perdón, Kevin (y gracias ☺).

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