Reseña de Donda (sin haber escuchado Donda)


Nota a lxs lectorxs: Por transparencia y con intención creativa, debo informar que este es el primer texto en casi dos años de escribir para Cluster que lxs editorxs me regresan. No para cambiarle unas comas, sino para reestructurar por completo. Ahora, mi primer instinto obviamente fue dejarlo completamente como estaba y atenerme a las bíblicas consecuencias de nuestrxs impotentes (quiero decir, imponentes) editorxs. Pero esto se sentía más como una pataleta de autor “experimental” que como una decisión creativa que pudiera ayudar al texto. Eso sí, el título y la idea central se quedan. El punto es ése: reseñar sin reseñar, escribir una antireseña (a mí me parece muy obvia y para nada controversial, pero vi Saló, o los 120 días en Sodoma cuando tenía nueve años, entonces mi juicio puede estar comprometido). Con eso en mente, y con la siempre bienvenida recomendación de lxs editorxs, cambié el enfoque del texto. Pero reitero dos cosas: la primera es que el texto no es una lucubración, tampoco es un ensayo ni una reflexión sobre el artista: es una reseña. La segunda es que, hasta el momento de escribir esta reseña, no he escuchado más que la primera canción del disco. Ojalá sea de su agrado.


Kanye West es el mejor artista de la historia. No hay duda, no hay competencia, no hay otra forma de decirlo y quien no esté de acuerdo simplemente no sabe de música.

Lo único que se compara con mi amor por Kanye es mi amor por las películas originales de Spiderman, las de Sam Raimi, y Kanye, en su displicencia ante mi ocupadísima agenda, tuvo el delirio de sacar Donda la misma semana en que la primera película de Spiderman regresó a Netflix. Me encontraba, entonces, con la insalvable disyuntiva de qué hacer con el poquito tiempo libre que tenía ese fin. Podía escuchar el disco y probar mi suerte con una reseña semi-coherente (es decir, hacer mi trabajo) o tirarme en el sillón con mi novia y ver la película.

¡Señora, abogada nuestra, vuelve a tu siervo esos ojos misericordiosos y ayúdalo con esta pugna, este problema, este mar de incertidumbres y terrores! Pero… ¿qué veo? A lo lejos es… es una luz… una bugía esperanzadora y… y la empalma un hombre de tez oscura, vestido de Gap y con una gorra roja que dice “Make America Great Again”. Es él, el hijo pródigo que regresa con un salmo en forma de disco, para sanar nuestros males y alborotar los fatigados oídos, asediados por reggaetón y K-pop, es San Pablo, es Yeesus, es Kanye. Y en sueños —no, no en sueños, en visiones cósmicas que van más allá del tiempo y del espacio— tomó mi mano y me mostró la perpetua armonía de su último proyecto. Los coros, las trompetas, los features de Pusha-T y Roddy Rich. ¡Oh, claro que es él!

Pero en aquel momento de éxtasis incomparable en el que me encontraba a su completa merced, con un tierno abrazo me cargó, me sacó del paraíso y me regresó (después de una hora con cuarenta y ocho minutos y cuarenta y nueve segundos) al mundo de lo terrenal, donde el fruto de la vid no es perpetuo y donde existe Drake. De regreso, gimiendo y llorando al valle de los desdichados con solo la promesa de un siguiente disco como forma de consuelo.

Pero ahora no estoy solo. Porque cierro los ojos y veo la portada de Donda y escucho, aunque sea como recuerdos, los truenos celestiales de la producción de Khalil Abdul-Rahman y Samuel Gloade y Tim Gomringer y las otras quinientas personas que nadie conoce y que escriben los discos de Kanye. Me acompaña, si no la certeza terrenal, sí la fe. Fe en Donda y en el renovado talento de Kanye, que durante casi una década no ha experimentado en lo absoluto en materia musical, pero cuya figura ha penetrado en lo más profundo de nuestra psique colectiva, llegando al nivel en que hasta mi abuela lo conoce. El que alguna vez fue un visionario, ahora está creativamente al nivel de Playboy Carti. Pero Kanye es Kanye. Y nadie más es Kanye. Su misericordia es tan única como su talento, y aunque una parte de mí extraña un poco ese atrevimiento sonoro, no hay duda de que, para este disco, un proyecto a su difunta madre que comienza con un canto al ritmo de los últimos latidos de su corazón, Kanye se despoja de pretensiones y sólo se queda con eso, con Donda.

Donda es el mejor disco en la historia de la música. No hay duda, no hay competencia (sólo de otros discos de Kanye), no hay otra forma de decirlo y quien no esté de acuerdo simplemente no sabe de música.


7/7

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