• Bruno Armendáriz T.

Stevie Ray Vaughan, maquinaria de sentimiento

Actualizado: 28 de may de 2020

Por Bruno Armendáriz T.


Como las palabras y las razones son todas caminos asegurados a la discordia, valdría la pena retornar los sentidos a aquellos terrenos de extraña coincidencia por donde las dudas no asoman, ni las almas, casi siempre silenciadas, pueden pasar por desapercibidas o escapar sin deleite de sus cárceles. La música, como transparencia emocional, ofrece las posibilidades de sincerar las pasiones y exhibirlas con una cabalidad tan aterradora, que muchas veces las palabras se esfuerzan por perderla entre imprecisiones semánticas para mitigar su impacto. No obstante, para acceder a ese estado se requieren personajes improbables capaces de insuflar, nota por nota, un lenguaje de sensaciones puras que imposibiliten todo tipo de traducciones y paráfrasis, imponiéndonos el peso de una revelación momentánea que, disruptiva y casi siempre imperiosa, termina por usurparnos la indiferencia y dejar nuestro cuerpo y nuestra mente a la merced de su discurso. Afortunadamente, han existido unas cuantas personas así de difíciles que supieron resistir lo entendible y se enfrentaron, con poco más que una guitarra trasnochada por el uso y el feeling corrosivo del blues, al abismo crónico de lo inenarrable.

Al hablar de expresividad y de franqueza musical hay que referirse a Stevie Ray Vaughan como uno de los máximos exponentes. Y es que aquel estrafalario personaje de energía inagotable o desconocía la sutileza o repudiaba decididamente los términos medios: el espectro sonoro de su vencida stratocaster va de sus estremecedores alaridos y rabietas pentatónicas en canciones como The sky is crying, Texas flood y Pride and Joy, hasta sus prístinos y melifluos desdoblamientos instrumentales en piezas como Lenny y Riviera Paradise. Sea cual fuere su registro emotivo, una cosa es innegable, y es que la música de Stevie Ray sólo oscilaba entre paroxismos, algunos de furia y desenfreno y otros de dulce arrobamiento, pero todos, sin excepción, extremadamente elocuentes y contagiosos.

Por otro lado, si bien es cierto que el blues, como género musical, es mundialmente conocido por su cariz nostálgico y sus desgarradoras ilustraciones líricas sobre el abandono y los fúnebres viajes en tren, las interpretaciones de Stevie lucen más como la cúspide de un blues filtrado por la catarsis juvenil de los sesentas que, osada y bajo el imperativo del cambio, reinventó aquellos sonidos tradicionales incorporando influencias del rock. Quizá el ejemplo más evidente de esta transformación es la ahora leyenda Jimi Hendrix, de quien Stevie retomaría las vigorosas y conmovedoras texturas guitarrísticas, y quien fungiría como la mayor influencia estilística de su música junto con el también clásico Albert King.

La importancia y la influencia de estos músicos en el blues actual radican en su capacidad de revolucionar las formas del género, habiendo convertido al blues, tradicionalmente visto como una cadencia del desamparo, en una expresión que podría trascender el lamento o, al menos, explorarlo desde diferentes perspectivas sonoras. Lo fascinante y, a su vez, la mayor aportación -a mi parecer- de la música de Stevie Ray Vaughan, es su habilidad incisiva de penetrar en las fibras sensibles de todo aquel que lo escucha; su genio y pureza para desarrollar aquel blues de propiedades ácidas que avasalla la inexpresión, imponiéndole contorsiones faciales de todos tipos y tensiones gimnásticas en la boca y las mejillas; es su entrega total al contacto con las cuerdas, su manera casi mística de escurrir, literalmente, los acordes bajo los reflectores de El Mocambo que iluminaron en el perfil del maestro sus cascadas pasionales, aún cuando no bastaron para dilucidar visualmente aquel fenómeno de hipnosis.

A Stevie Ray Vaughan le debemos los últimos alcances dramáticos del blues por llevar la expresión musical a sus últimas consecuencias, involucrando a partir de la primera nota el cuerpo y el alma en una especie de trance emocional, en el cual las sensaciones son tomadas por verdades y las verdades por bendings de guitarra; y no hay nada que entender porque no hay nada oculto, ni hay nada que saber, porque el numen del canto de las cuerdas es absoluto; y ahí tenemos a Stevie, fabricando e infundiéndonos pesares, frenesís y enamoramientos ajenos a base de golpes, caricias y torceduras a su eterna stratocaster… Stevie Ray Vaughan, forjador de vivencias, Stevie ray Vaughan, maquinaria de sentimiento.

5 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo