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Una década de odiar la música: a diez años de I Hate Music de Superchunk

Hace diez años, el 20 de agosto del 2013, Superchunk lanzó su décimo álbum, curiosamente titulado I Hate Music. Curioso, digo, porque parecería algo absurdo que una banda que profese odiar la música le haya dedicado suficiente tiempo para haber llegado al álbum #10. Seguramente sí hay casos, pero esto no aplica para lxs integrantes de Superchunk, que han tocado por más de 30 años y cuyo amor por la música se extiende más allá de los confines de su banda. Para conmemorar la primera década de uno de mis álbumes favoritos, acompáñenme a explorarlo y a entender por qué en el 2013 un grupo de personas que aman la música declaró odiarla.

Mac McCaughan (voz/guitarra) y Laura Ballance (bajo) formaron Superchunk en Chapel Hill, Carolina del Norte, en 1989; Jim Wilbur (guitarra) y Jon Wurster (batería) se unirían a ellxs en 1990 y 1991, respectivamente. La banda formó parte de la escena estadounidense de rock independiente que sonaba en estaciones de radio universitarias a lo largo de los 90 mientras que el grunge dominaba el mainstream. Fueron extremadamente prolíficxs durante ese periodo, en el cual estuvieron de gira constantemente y lanzaron 8 álbumes, 5 de los cuales fueron por medio de su propia disquera, la increíble Merge Records (si no han escuchado de ella, seguramente han escuchado algún lanzamiento suyo, sea el Funeral de Arcade Fire o el Ga Ga Ga Ga Ga de Spoon). Pero después de estrenar Here’s to Shutting Up en el 2001, la banda se detuvo casi por completo: tras una década de ser Superchunk sin descanso, sus integrantes querían hacer otras cosas con su vida. Aunque no se separaron, la primera década del nuevo milenio fue testigo de pocos conciertos e incluso menos música nueva. Y luego, sin advertencia, Superchunk volvió, primero con un EP en el 2009 y ya de forma definitiva en el 2010 con su primer álbum en 9 años, Majesty Shredding.

Durante los 90, Superchunk llevó un ritmo acelerado y no pasaban más de dos años entre el lanzamiento de un álbum y el siguiente. Me parece que una de las razones detrás de esta alta producción fue el pensamiento de que tenían los medios, la motivación y la oportunidad de dedicarse a ser una banda de rock, y se veían en la solidaria obligación de aprovechar su situación. Al iniciar la segunda fase de su carrera, libres de las presiones y expectativas de 10 años atrás, la banda implementó un cambio importante en su filosofía creativa: sólo harían un álbum cuando las circunstancias les compelieran de forma absoluta. La música de Majesty Shredding deja claro que a lxs cuatro les urgía regresar a Superchunk: mientras que Here's To Shutting Up es un álbum con un mood solemne y una utilización casi excesiva de teclados, Majesty Shredding se desborda de intensidad, diversión y pasión energizantes de principio a fin con composiciones principalmente sostenidas por una clásica instrumentación de guitarras, bajo y batería. En ese sentido, el disco tiene mucho más en común con los primeros lanzamientos de la banda (en los cuales el espíritu punk que siempre lxs ha propulsado era más notorio) pero con una ejecución musical mucho más pulida, composiciones más refinadas y una colección de letras que se nutren de las experiencias que brinda la edad. Majesty Shredding obtuvo una recepción entusiasta tanto por parte de lxs fans como de la crítica, y dejó claro que Superchunk buscaría seguir forjando su camino en vez de revisitar el pasado.

Ese camino continuó con I Hate Music, que salió tres años después y, desafortunadamente, fue suscitada por un evento trágico y no por un retorno pasional a la música. En marzo de 2012 falleció el artista multidisciplinario David Doernberg, amigo y ocasional colaborador de Superchunk, que fue particularmente cercano a Mac McCaughan. En su momento, McCaughan escribió al respecto en su blog: Es una publicación corta, redactada con un lenguaje austero, pero unx logra hacerse una idea de la maravillosa persona que fue Doernberg y de la relación tan cercana que los dos hombres compartían”. Fue tan cercana e importante que Mac se vio en la necesidad de hacer arte, porque una publicación de blog nunca hubiera sido suficiente. Y, en ese arte, unx no se hace ideas, unx siente con profundidad e intensidad el amor y la ausencia, tanto como si se tratara de una vivencia personal, incluso cuando se desconoce el contexto detrás del disco, como fue mi caso cuando lo escuché por primera vez, y aun varios años después.



Como el resto de la discografía de la banda, I Hate Music es un álbum directo de rock indie con grandes guitarras y coros memorables. Es algo menos efervescente que Majesty Shredding y, a pesar del contexto de su creación, contiene un sonido jovial, veraniego; son canciones para poner durante un viaje en carretera y cantar a todo pulmón. Quizá suene extraño, pero el disco no representa un lamento por la muerte de Doernberg, sino una celebración de su vida en particular y de la vida en general. A lo largo de I Hate Music, son contadas las ocasiones en las que se menciona o incluso alude a la muerte; cuando se revive recuerdos del pasado, no es con melancolía, sino con una euforia infecciosa; la tristeza está siempre acompañada de alegría, y cuando se derraman lágrimas es con una sonrisa. Durante la primera fase de Superchunk, las letras de McCaughan tendían a ser tan específicas que se volvían crípticas, pero desde su regreso ha logrado pintar retratos más amplios con sus palabras. En este disco es donde brilla con más intensidad su trabajo como letrista. En conjunto con la música alegre y soleada, logran que la empatía de quien escucha florezca con fuerza y naturalidad.

I Hate Music comienza con un fade in suave que da lugar tanto a una guitarra acústica como a la voz nasal y aguda característica de McCaughan: "Everything the dead don't know / Piles up like magazines, overflows / And everything that you won't see / Just swirls around, comes down and buries me". Con las primeras dos frases del disco, McCaughan establece un punto común con la audiencia —el seguir viviendo a pesar de la muerte de seres queridos— para posteriormente llevar la focalización a sí mismo. Este mecanismo nos atrapa y, el resto de la canción, somos sus cómplices en el duelo: somos vívidamente conscientes de las muertes que nos tocaron o de las que nos tocarán, e incluso un poco de nuestra propia muerte. Pero no nos acompaña un sentimiento pesimista, sino una alegría poderosa que deriva de saber con certeza que cada momento cuenta. El resto de la canción se centra en una imagen a la que McCaughan regresará en el cierre del álbum, la de una amistad que se busca y logra regocijarse incluso en situaciones aparentemente desagradables: "Standing on the corner in the falling snow / Arms around each other and a look that says / Let's go, don't let go, let go". Me parece que esa línea final captura el espíritu de I Hate Music frente a la pérdida, la importancia de que el duelo nos impulse y de buscar liberarnos de él mientras mantenemos cerca a quienes hemos perdido.

En la siguiente canción, McCaughan contesta la pregunta que hemos de haber tenido al acercarnos a un álbum con un título aparentemente hostil contra el arte que contiene. "Me & You & Jackie Mittoo" es simultáneamente una celebración de la música —como fuente de lazos sociales y como bálsamo emocional— al tiempo que establece una crítica desesperada a su condición superflua, ya que, sin importar cuán magnífica y trascendental sea, no puede deshacer los estragos de la muerte. "I hate music, what is it worth? / Can't bring anyone back to this Earth", entona McCaughan en el primer refrán, pero esta segunda frase muta al llegar al refrán final y se vuelve "I can't bring you back to this Earth", las últimas palabras de la canción. De forma similar a "Overflows", McCaughan traza una imagen general que engancha emocionalmente a quien escucha y, más adelante, le da un giro para tornarlo intensamente personal; de nuevo, es como si el dolor de ese lamento fuera uno con el nuestro. Pero, en medio de esos dos momentos de frustración, McCaughan nos comparte felices recuerdos del íntimo placer que constituye el compartir música con nuestras amistades, así como del inevitable y preciado cambio que surge de la compañía y el amor. Entrañable y ocasionalmente devastadora, "Me & You & Jackie Mittoo" —Jackie Mittoo fue un tecladista jamaiquino, activo de los 60 a finales de los 80— funciona como una síntesis de todo I Hate Music, y en parte por eso también es de las mejores canciones de la banda.

El resto del disco se forma alrededor de vivencias e imágenes personales, y continúa operando a partir del contraste de la alegría y la tristeza al entremezclar remembranzas celebratorias con expresiones de añoranza. Sin embargo, McCaughan ya no emplea el recurso de introducir una imagen general antes de insistir en su intimidad, porque ya logró establecer al fantasma de la pérdida y un, en consecuencia, un fuerte vínculo empático con la audiencia. Como en "Me & You & Jackie Mittoo", la música es el núcleo emocional de muchas otras canciones. La magnífica "Low F" es un juramento de devoción por parte de McCaughan que resulta de una invitación a cantar en conjunto; "Trees of Barcelona" captura la euforia comunal post-concierto; en "Your Theme", McCaughan anhela tan solo una salida banal con su amigo, a quien recuerda mediante una tonada personal.

Aunque nunca se refiere a él de forma directa, el espíritu de Doernberg habita todo I Hate Music. Con frecuencia McCaughan se dirige a él, expresa su amor y admiración, y confiesa que seguirá recurriendo a él como guía. En el cierre del álbum, "What Can We Do", McCaughan pinta el retrato más conmovedor de su amigo —creativo, inquieto, indómito, cálido, abierto a toda posibilidad— y el amor, el dolor, la incertidumbre, todo lo que su vida y muerte le han provocado al cantante se siente reverberar en el interior. McCaughan plantea la pregunta del título una y otra vez, y aunque para el final lamenta que ya no podrá preguntarle eso a Doernberg, también hay un entendimiento de que gracias a todo lo que compartieron, hay y siempre habrá una respuesta.

Quizás se deba únicamente a la reacción tan visceral que ambas obras me suscitan, pero la manera en la que McCaughan presenta la atemporalidad de su amor por Doernberg y el impacto que éste tiene en su vida en "What Can We Do" me recuerda mucho a "Story of Your Life" (1998), la novela corta de Ted Chiang en la que se basa Arrival (2016). Pienso específicamente en el final del relato, cuando la protagonista —que puede, hasta cierto grado, percibir su pasado, presente y futuro de forma simultánea gracias al lenguaje alienígena que aprende— revela que, en el momento en el que su esposo le propone tener un bebé, ella está viviendo (o reviviendo) la vida y muerte de su hija aún no concebida. Percibo una atemporalidad amorosa similar durante el momento catártico de la canción (y de todo I Hate Music):

You've got paper, you've got supplies

You've got wrinkles around your eyes

I wanna kiss them when they close

Meet you on the corner every time it snows

I've got wrinkles around my eyes

I'll say I love you I won't say goodbye

En estos versos, Mac enuncia la eternidad de Doernberg y del amor que siente siempre por él. Ahí está con sus herramientas de vida, con las arrugas que la vida le ha otorgado, al igual que a Mac; y ahora, al final, están juntos en una esquina llena de nieve, al igual que al principio, y por siempre se estarán preguntado qué hacer. Así que no hay ni habrá adioses, sólo declaraciones de amor eterno.

Yo tenía 18 años la primera vez que escuché I Hate Music. Me estaba enamorando por primera vez y, en estas once canciones, pensé encontrar el amor que sentía, aunque no entendí realmente lo que me estaba diciendo la música. Hoy tengo 28 años y sé que el amor que siento lo encuentro en estas once canciones; y el duelo y la euforia y la duda. Y sé que hay una esquina nevada para mí también.

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