• Mathias Ball Escamilla

Mi recorrido por el metal. Primer círculo: Slipknot, o nueve weyes enmascarados

Del 2008 a por ahí del 2010 pasé mucho tiempo viendo MTV. Me despertaba exageradamente temprano entre semana (considerando que vivía a unos 15 minutos de mi escuela) para poder dedicarle una buena hora a ver videos musicales en la tele de la cocina y, en la tarde, después de terminar mi tarea o decir que había terminado mi tarea, me echaba en el cuarto de tele y veía otra hora. MTV me introdujo a muchas bandas que moldearían mis gustos musicales en esos años clave de la secundaria —“Pork and Beans” de Weezer; “Misery Business” y “Decode” de Paramore; “Cousins” y “Giving Up the Gun” de Vampire Weekend; por mencionar a algunas—, pero creo que ningún descubrimiento fue tan clave como el video de “Psychosocial” de Slipknot. Parte de mí siente que, sin MTV, hubiera llegado a un destino similar con respecto a mis gustos de rock, indie y emo, sólo que por medio de un camino distinto; pero con respecto al metal, considero que todo hubiera sido drásticamente distinto si no hubiera topado a Slipknot en ese momento de mi vida.

A diferencia de las otras canciones que mencioné, “Psychosocial” no me encantó inmediatamente; de hecho, tardó bastante tiempo en siquiera agradarme. Lo que sí logró hacer desde la primera vez que vi el video, a las seis de la mañana de algún día de otoño, fue cautivarme. El video consiste principalmente en tomas de la banda —para quien no sepa, los nueve (sí, nueve) miembros de Slipknot utilizan máscaras y uniformes industriales cuando tocan— enfrente de una granja en la noche, rodeados de fuego, intercaladas con imágenes de-saturadas de la locación durante el día y hombres con cabezotas grotescas corriendo por los campos; la edición es súper rápida, casi hiperactiva, ninguna toma permanece intacta por más de dos segundos. Era mucho para procesar y honestamente me asustaba un poco por las máscaras inhumanas y la agresividad intensa de la música, pero por alguna razón insistí: no apagaba el volumen o cambiaba el canal, sino que le prestaba especial atención por los cinco minutos que duraba el video, sufriendo pero perseverando para que la canción me gustara. Eventualmente tuve éxito y “Psychosocial” se volvió de mis canciones favoritas.



No tenía intenciones de llevar las cosas más allá de eso, yo ya había hecho mi cometido. Pero un día a finales de noviembre, después de ver Nick and Norah’s Infinite Playlist en Perisur con mi mamá, pasé a Mixup y terminé comprando el álbum más reciente de P!nk y All Hope Is Gone (2008) de Slipknot. Lo puse en el coche de regreso a casa y logré escuchar la primera pista, el intro “.execute.”, pero me rendí apenas iniciada la segunda canción y sólo escuché “Psychosocial” el resto del camino. Las siguientes semanas las pasé entrenando mi resistencia al álbum, moviéndome lentamente por la lista de canciones, aunque sólo durante el día: si lo escuchaba durante la noche me daba pesadillas. El intro rápidamente se volvió de mi agrado, pero esa segunda canción, “Gematria (The Killing Name)” fue un obstáculo considerable, mi progreso estaba limitado a unos cuantos segundos por intento. “Psychosocial” también es una canción pesada, pero tenía el beneficio, para una persona novata del metal como yo, de contar con un coro increíble, agresivo pero súper pegajoso; realmente excelente como para un sencillo. “Gematria” no y, al no tener una sección así a la cual me pudiera aferrar mientras las olas de gritos, distorsión y doble pedal me azotaban, estuve largo tiempo a la deriva, con un miedo genuino de que mi determinación no fuera suficientemente fuerte como para cumplir con mi misión autoimpuesta. Pero mi terquedad eventualmente salió victoriosa de ese encuentro y el resto del álbum, en comparación, fue pan comido.

Terminé el año encantadx por Slipknot, escuchando All Hope Is Gone diario, viendo las fotos individuales de cada miembro de la banda en el booklet, fascinadx por tanta genialidad y entusiasmadx por escuchar más. Seguí con el debut de la banda, de 1999, y topé con pared; no podía ni ver la portada en la noche. All Hope Is Gone, que era innegablemente pesado pero con una buena cantidad de coros cantados y hasta una balada bastante cursi, no me había preparado tan bien como pensaba, no para la locura de Slipknot. Pero apliqué la misma técnica de escucha testaruda, me sometí a la música hasta que la incomodidad se transformara en disfrute. Slipknot se volvió mi álbum favorito; Slipknot, a su vez, mi banda preferida.

El metal es un gusto adquirido —lo digo como regla general, aunque claramente hay excepciones— y está en su naturaleza serlo: la esencia del género es la transgresión, ¿por qué sería una experiencia fácil? Tenemos que someternos a un poco de incomodidad para poder apreciar los placeres que de él brotan. Slipknot fue mi banda favorita de principios del 2009 al 24 de mayo del 2010, cuando murió Paul Grey, su bajista. No sé por qué, pero algo cambió dentro de mí ese día y mi amor por Slipknot comenzó a desvanecerse lentamente, pasando de una pasión desenfrenada a una nostalgia. Los mantengo siempre en mi corazón porque con ellos abrí una puerta que me dio acceso a muchos lugares que, con el paso de los años, también ha sido un tortuoso placer intentar abrir.

Si Slipknot fue un cheddar fuerte que me enseñó las posibilidades más allá del manchego, esas otras bandas son bries, gorgonzolas, roqueforts. Pero eso será para otro texto.




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