Sobre lo que tal vez no vieron

Actualizado: 22 de may de 2020

Si asistieron al concierto del 10 de noviembre en la Sala Nezahualcóyotl, primero que nada les agradezco infinitamente de mi parte y me atrevo a agradecer también de parte de todos los que tocaron e invitaron; lo que a continuación leerán es un relato de lo mismo que ustedes vivieron, pero también les contaré sobre lo que tal vez no vieron. Si no asistieron al concierto, les pido que tomen esto como una pequeña narración del “detrás de escenas”, de lo que tiene que pasar antes y durante un concierto para que el público escuche lo que escuchó, vea lo que vio y viva lo que vivió. Finalmente yo, a través de este texto, me permito revivir los recuerdos que están todavía frescos y me gustaría compartir.


El concierto del que estoy hablando fue uno que se llevó a cabo como clausura de la celebración de los 90 años de la Facultad de Música, en el que tocaron las dos principales agrupaciones representativas de ésta: la Banda Sinfónica y la Orquesta Sinfónica “Estanislao Mejía”, dirigidas por Luis Manuel Sánchez Rivas y Samuel Pascoe. El programa debía tener la temática mexicana, por lo que se interpretaron obras de Revueltas (“Cuauhnáhuac”), Juan Diego Tercero (“Sinfonía del IV Centenario”), Chávez (“Las Mañanas Mexicanas”), Moncayo (“Huapango”) y Márquez (“Conga del Fuego Nuevo”), así como obras de James Barnes (“Escenas de los aztecas”) y Owen Reed (“Fiesta mexicana”), compositores que, aunque no mexicanos, tienen obras para banda sinfónica en los que toman temas folclóricos.


Me gustaría –finalmente– empezar la narración con el día anterior al concierto, cuando se llevó a cabo el ensayo general (si empezara de más atrás sería un cuento de nunca acabar; sin embargo, cabe resaltar que el programa ya estaba siendo preparado desde meses antes). Éste fue en la sala más grande de la facultad, la Sala Xochipili, con un horario que se respetó de manera bastante precisa, que iba de 9:00 a 11:00 con la Orquesta, de 11:00 a 13:00 las dos agrupaciones y de 13:00 a 14:00 con la Banda. Aun siendo la sala más grande, cuando tocó el ensayo de todos juntos, tuvimos que estar como sardinas enlatadas, ocupando incluso los lugares del público. Toda una experiencia.


Las obras que tocamos todos juntos fueron la “Conga del Fuego Nuevo” de Márquez y el famosísimo, tocadísimo, escuchadísimo “Huapango” de Moncayo. Para no hacerles el cuento largo, el sábado fue la primera vez que las tocamos, supongo que, en parte, porque los directores supusieron que ya todos habríamos tocado el Huapango (suposición que era, en gran parte, errónea), y pues la Conga estaba “fácil”. Ahora bien, yo en lo personal, estaba enojada antes de ese día: estaba segura de que todo lo bonito que podría salir la primera parte, en la que tocarían las agrupaciones por separado, se arruinaría con el final, con “el crossover que nadie pidió”. Estoy segura de que no era la única, ya que fue un chiste local entre los compañeros desde el inicio del semestre, cuando se nos avisó que se llevaría a cabo.

Sin embargo, grande fue la sorpresa –primera de muchas– cuando, tras varios minutos de estrés y confusión general por estar tantos músicos juntos, corrimos el Huapango prácticamente de principio a final, ¡y la pieza sonó! Qué tranquilidad. Otro rato después tocamos la Conga, que también salió bastante decente; en el descanso, antes de que nos quedáramos sólo los miembros de la Banda, el ambiente se sentía ya más relajado, más animoso y, aunque el maestro Luis Manuel tendría una severa plática con los integrantes de su agrupación en la última hora del ensayo, me parece que el ambiente en general se quedó así hasta el día siguiente. De cualquier manera, aunque el ensayo estuvo bien, siempre se crean expectativas que van pareciendo cada vez más difíciles de alcanzar.

Pasemos ahora al mero día, el día del concierto. Éste sería a las 18:00, pero el viernes nos habían dicho que la cita en la sala era a las 14:30; el sábado en la noche nos dijeron que era a las 14:45; al final, el domingo, unos minutos antes de la hora acordada, se nos notificó que no nos dejarían entrar a la sala sino hasta las 15:10. Por suerte yo todavía no había salido y me pude tomar otro rato para terminar de arreglar todo y salir con suficiente tiempo, pero, cuando llegué, todavía unos minutos antes, la mayoría de la gente ya estaba ahí. Después de otro rato de espera, pláticas incómodas y nerviosas fuera de la entrada de músicos, finalmente nos dejaron pasar; a los integrantes de la orquesta la mandaron a los camerinos de abajo, a los de la banda, arriba. Sin embargo, apenas si tuvimos tiempo de instalarnos, porque pronto tuvimos que pasar al escenario para hacer el último ensayo.

Ésta no fue mi primera vez tocando en la sala (tampoco es la enésima: es apenas la tercera), pero el efecto sigue siendo el mismo: entrar al escenario, estar del otro lado; la acústica, que para los músicos es una locura; las medias esferas que se alzan imponentes sobre nuestras cabezas; sentir las –tal vez demasiado– cálidas luces caer sobre ti y el resto de tus compañeros, mientras que todo alrededor está en la oscuridad. Es una experiencia verdaderamente alucinante que, por lo menos hasta ahora, siempre logra acelerarme el pulso y la respiración. Fueron la combinación de este proceso y el de organización técnica y logística las que provocaron que la espera de los músicos a los directores para empezar a ensayar se hiciera eterna.

Finalmente, después de una eterno lapso, y cuando los músicos ya comenzábamos a desesperarnos y ponernos todavía más nerviosos, salieron al escenario los directores y comenzamos a pasar el programa en el orden inverso al que se llevaría a cabo en unas horas. En general salió suficientemente bien, aunque todavía quedaron algunos cabos sueltos que arreglar en algunas secciones de instrumentos (esto, por supuesto, se resolvería a última hora, pero pasaremos a eso en un momento). Cuando terminamos de repasar el repertorio de la banda, salimos del escenario y todos nos apuramos a los camerinos para comenzar el proceso de preparación para el concierto (vestirse, peinarse, comer algo, repasar partituras, etc.).

Todo pasó muy rápido, y en un momento estábamos escuchando la tercera llamada y los lejanos aplausos. El programa lo abrió la Orquesta, y sabe Dios –y los que estuvieron ahí, supongo– qué pasó en ese tiempo y espacio; mientras tanto, de regreso en los camerinos, caos: personas corriendo de un lado para otro, interceptándose en los pasillos, tomando fotos, practicando, callando al de al lado, resolviendo dudas con el principal de cada sección (y de paso siendo regañados por el director), entre muchas otras situaciones de las que probablemente no me enteré. Después de otro rato, se vuelven a escuchar aplausos y los integrantes de la orquesta vuelven a salir del escenario para encontrarse con los demás, cruzar unas palabras y dirigirse a sus camerinos.

Acaba el intermedio, y es el turno de la Banda. Los músicos vamos saliendo al escenario paulatinamente, nos sentamos incómodamente, sintiendo de nuevo las luces y ahora además miradas sobre nosotros, mientras escuchamos la exageradamente calurosa recepción de familia o amigos. Pronto entra el concertino para dar un la general y, una vez afinados, entra el director. Tras un silencio, la música comienza a sonar de nuevo; la tensión de sentirse observados por cientos de personas lentamente se va disipando, para dar paso al momento en el que sólo percibimos las notas cobrando sentido y resonando en los oídos de cada uno: somos un equipo. Para ahorrar tanto detalle, corramos ahora un piadoso velo.



Llegamos ahora sí a la tercera y última parte, que comienza cuando regresan los integrantes de la orquesta, esta vez para acomodarse, las cuerdas debajo del escenario y los alientos mezclados entre los de la banda [Véase imagen adjunta]; sale de escena el maestro Luis Manuel y momentos después entra Samuel Pascoe. Suena el Huapango y de inmediato se siente un cambio en el aire: al menos un 80% de los ahí presentes conocen la pieza y se comienzan a ver pies, cabezas, dedos, cuerpos enteros moverse al ritmo de la música. Sin embargo, ocurre algo tal vez no tan esperado: al terminar el Huapango, sale Samuel, entra Luis Manuel y, tras un largo e incómodo silencio mientras todos esperamos a que los percusionistas se terminen de acomodar, comienza a sonar la Conga con un incisivo gesto del director; ésta no es una pieza tan conocida, pero el ritmo pegajoso y constante marcado por los instrumentos graves, sumado con la divertida visión de la orquesta completa bailando –unos más que otros– a un mismo pulso, provoca que el público termine incluso más animado que con la pieza anterior.

Termina el programa y el público se levanta de sus asientos, aplaude y lanza ovaciones mientras el director presenta a los solistas, las secciones, a toda la orquesta, luego entra el otro director, aplausos, aplausos, aplausos. Para finalizar el inolvidable evento, ambos directores voltean al fondo a su izquierda para hacerle una indicación a uno de los contrabajistas; acto seguido, el joven lanza un grito: “¡México, Pumas, Universidad!” y, casi por reflejo la mayoría de los presentes contestan con un emotivo “Goya”, que termina con otra ronda de aplausos.

Ya al último los músicos, cansados pero felices –al menos yo–, salimos del escenario para recibir a maestros y directores que esperan en los camerinos para felicitarnos a nosotros y, por supuesto, a los directores. Entre toda la locura y emoción, los músicos vamos guardando, acomodando, algunos incluso aprovechan para cambiarse, y finalmente salimos de nuevo al aire libre. Afuera, esperan la familia y amigos que momentos antes nos veían del otro lado. Nos reciben con abrazos, besos y felicitaciones; ahora se agregan a la conversación felicitaciones y opiniones sobre el resultado final. Ahora, unos a su casa, otros a la de algún amigo, otros a un restaurante, unos solos, otros acompañados, pero todos a celebrar y descansar un rato (porque el lunes seguimos).

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