• Mariana Sánchez

Contrastes de mis paisajes sonoros antes y durante la cuarentena

Antes

Me despierto con el sonido de mi alarma y lentamente voy regresando a la realidad. Son las 7:00. En primer plano escucho a mis padres en la cocina, que están acabando de desayunar e intercambian frases apuradas; mi hermana sale de su cuarto, entra al baño y unos segundos después escucho la regadera; en el estacionamiento suenan coches de los vecinos arrancando y la puerta abriéndose. En segundo plano escucho ya el tránsito en la calle, algunos cláxones pitando, el camión de la basura (que provoca los furiosos ladridos de mi perro) y a veces el pesero.

Unos minutos antes de las 9:00 salgo a la calle para tomar el camión. Me pongo los audífonos y comienzo a escuchar música, pero percibo todavía mi entorno: gente apresurada platicando por teléfono, el restaurante de enfrente comienza a abrir y música suave sale de su interior; en la esquina varias personas se reúnen alrededor del puesto de tamales y conversan superficialmente. Llego a la parada del camión. Tras unos minutos de esperar nerviosa mientras los coches y camiones de otras rutas pasan frente a mí, finalmente le pido la parada al que me corresponde. Al subir, me quito los audífonos porque el chofer trae su playlist. Entre charlas y música ajenas, ambas solapadas por el potente sonido de los motores y las piezas (¿sueltas?) del automóvil, me limito a escuchar y mirar el reloj.

Bajo del camión y entro a la escuela. De inmediato se escuchan los cantantes en los salones de hasta arriba, luego los pianistas en los salones de en medio y, un poco más alejados, los alientos en el jardín (nunca es tan ordenado, pero lo describo así para fines prácticos); coches entrando al estacionamiento, bicicletas entrando por el pasillo (el sonido de las cadenas y los candados), gente entrando y saludándose apresuradamente. Llego a mi primera clase y el paisaje no cambia mucho: aquí los instrumentos que destacan son las cuerdas (especialmente los contrabajos), pero a lo lejos se puede escuchar el resto. Al terminar esta clase me dirijo apresurada al jardín e inmediatamente las sonoridades más fuertes se vuelven las de los metales y percusiones; con menos claridad, hay gente repartida a lo largo de todo el espacio platicando o ensayando.

Entro a la sala a dejar mis cosas y ya hay gente adentro: algunos acomodando las sillas y atriles, otros afinando o sacando sus instrumentos y, de nuevo, gente saludándose y platicando sobre cualquier cosa. Poco a poco el resto de la agrupación comienza a entrar y se van uniendo a la dinámica; pronto el espacio se ocupa casi completamente por el sonido de los metales calentando, afinando o practicando pasajes. Entre todo este sonido llega el director y, tras dar la indicación, cada sección comienza a afinar de manera más ordenada. Después de unas palabras introductorias, comienza el ensayo.

Son las 15:00. Salgo apurada y rodeada todavía de gente platicando o practicando. En el edificio principal ya se escuchan los niños corriendo por los pasillos, o alguno que otro grupo en su clase de coro. En la calle, el tránsito ya está en hora pico, y se escuchan cláxones, timbres de bicicletas, peseros y camiones de carga; a lo largo de la banqueta están abiertos todos los restaurantes, llenos de gente comiendo y platicando. Me sigo hasta el mercado donde hay todavía más gente, sumado por los músicos tocando en el parque y en los puestos de comida; al pasar por el parque se escucha también, lejano, el organillero. Los restaurantes de mi calle tienen ya la música a todo volumen y están también llenos. Llego a mi casa.

Pasa el resto del día bastante silencioso. Al caer la tarde el tránsito va disminuyendo, inversamente proporcional al volumen de la música en los restaurantes; se escucha gente pasando esporádicamente o saliendo de los comercios cercanos, los pájaros reuniéndose en los árboles y cantando intensamente antes de caer la noche, y alguna patrulla que pasa —con la sirena, por supuesto—. Más tarde se escuchan motos arrancando y dando vueltas por la cuadra (—no sé—).


Durante

[Durante la cuarentena, la variedad sonora es, evidentemente, mucho menor: en un mismo espacio, los distintos sonidos que encontramos sólo son variaciones de otros a través del tiempo. No hay novedad, nada es extraño para nuestros oídos, ya que siempre estuvieron ahí; pero antes, rodeados por una constante saturación auditiva, habíamos dejado de notarlos.]

Tras varios intentos por despertarme definitivamente —primero escuché los pájaros madrugando, luego a mi familia desayunando, luego al basurero entrando a sacar la basura y regresando los botes—, abro los ojos lentamente y miro el reloj. Es casi la una. En primer plano, mi padre habla por teléfono, escucho a los pájaros en mi ventana —probablemente comiendo de mis plantas— y una escoba barriendo polvo y hojas secas. En un segundo plano, las teclas de alguna computadora y mi perro ladrando.

El día transcurre igual, en un silencio ocupado casi solamente por el cantar de los pájaros y a veces música que pongo para trabajar o cocinar o hacer otras cosas. Hacia la hora de la comida se escucha mi mamá —casi siempre— en la cocina; cuando comemos es prácticamente el único momento del día en el que los cuatro compartimos un mismo espacio: se escuchan risas y pláticas; después de esto cada uno regresa a su propia realidad, a las teclas de computadoras y mi perro ladrando, y muchas veces se escuchan lavadoras o trastes siendo lavados.

Más o menos a la misma hora a la que me pongo a estudiar mi instrumento, la vecina de enfrente decide iniciar una llamada —o videollamada, ya no sé— con sus amigos, asomada por la ventana mientras ríe y habla impetuosamente. Esto último continuará, muy probablemente, hasta altas horas de la noche. Al caer la tarde, los pájaros retoman su concierto (he notado que los cantos van variando con el paso de las horas, por lo que cada vez que los he mencionado en esta descripción deberían de ser imaginados distintos), la vecina sigue en la ventana, y en mi casa lentamente va reinando el silencio. Poco después, los grillos comienzan a grillar y parece que están en todas las paredes.

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Un cluster musical se define como un acorde en el que se tocan muchas notas seguidas al mismo tiempo, generando un sonido aparentemente caótico e impactante. Nosotros, como un cluster, vibramos en diferentes frecuencias para encontramos en un mismo acorde.

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