Crónica de un mapa a través de las cosas vibrantes

Salgo rápido, seguramente voy tarde. ¡El cello ya me pesa y apenas inicia el trayecto! El sonido de la puerta me indica que no hay vuelta atrás, para este momento debo estar segura de que no olvido nada. Debo evitar cerrar la puerta con mucha fuerza para no golpear y hacer un ruido demasiado estridente —el ruido, el sonido— como de percusión, como distintos platillos a la vez; su resonancia aguda permanece en mis oídos mientras avanzo por las calles, una y otra más hasta que distingo una nueva capa de sonidos. Si cerrara los ojos y me detuviera por un momento, podría sentir que estoy en el mar. Una avenida. La velocidad con que los coches cortan el aire se asemeja al aire que cortan las olas. Alguien, alguna vez, me habló de la nostalgia. Entre los autos y la playa hay una continuidad demasiado evidente y ahora no puedo dejar de evocar esa imagen... El sonido es largo, su decaimiento es lento, y cuando uno desaparece ya hay mil y uno más relevándolo. Contrario al sonido de la puerta, éste se mantiene en frecuencias medias con el torrente vehicular añadiendo capas. Uno tras otro.

En el autobús son las voces las que inundan mis oídos. Se le llama vococentrismo al fenómeno en el que nuestro cerebro ignora los demás sonidos para poner en primer plano todo lo que suene a voces humanas, y verbocentrismo cuando, entre la masa de voces, escuchamos palabras que logramos entender. En el camión hay risas, adolescentes que pronto bajarán, un par de conversaciones que no alcanzo a distinguir, y lo que mi cerebro decide perseguir: la radio. A veces trato de ignorarla, a veces tarareo la canción en mi mente, a veces atiendo la noticia del tráfico. Qué alivio no tener que manejar en esta ciudad salvaje.

Llego a mi parada, desciendo del camión y comienzo a caminar. De nuevo el sonido del mar suena en el fondo; sin embargo, ahora hay algo más —y definitivamente no son gaviotas—. Sones fuertes y agudos, algunos más cortos que otros, y detrás de ellos caras enojadas y personas desesperadas. Ese sonido que me hace cuestionarme la cordura de la gente en esta ciudad, siempre salvaje.

Atravieso la jungla de ruido asiéndome de sus lianas, de sus voces (el vococentrismo me obliga, ¿ves?): gente vendiendo, comprando y ofreciendo. Plac plac plac, pasos. Cada uno tan distinto como la persona a la que pertenece. Un sonido más discreto llama mi atención, uno que suena a peligro y a antojo por igual. No dejo de pensar qué tan salvaje tiene que ser la ciudad para que su gente coma tamales ¡fritos!

De pronto, todos esos sonidos quedan atrás y mis oídos se ven envueltos en un ambiente distinto. Voy entrando a un lugar cerrado y el viento entre las olas desaparece como en la más sutil de las transiciones. Las voces no se van, ¿cómo lo harían en plena urbe? El tren corre y nos restriega que ya no lo alcanzaremos. Las alarmas pululan dentro y fuera de los vagones, en los torniquetes —¡uy!, ¡el crujido de esos objetos!—, en las máquinas de recarga y sus monedas que caen al fondo de la caja oscura. Alarmas. Esos clamores puntiagudos que se encajan en los nervios. Los bebés son la alarma perfecta.

Me gusta caminar hacia el extremo del andén. El flujo de voces se detiene y parece lejano. Si no llevo prisa me puedo permitir un momento de tranquilidad —en la medida de lo posible—. Tomo mis audífonos. Es una alarma la que me indica que puedo abordar, encuentro un rincón para acomodar el instrumento y por fin descansar los hombros. No hay tanta gente, así que puedo atender lo que suena en mis audífonos. El gusto me dura poco, la consabida alarma interrumpe mi escucha y trae con ella una ola de personas con sus respectivos pasos, voces, risas y roces. Los sonidos externos y los de las bocinas en mis orejas se confunden. A lo lejos comienzo a escuchar un nuevo ritmo, y a mi cerebro le cuesta atender las dos músicas, que suenan a cumbia y rock, o a jazz y reggaetón, ¡los ritmos de su preferencia! En este mar de vibraciones todo es posible, ¡yeah! Por unos segundos las sonoridades se mezclan: los ritmos se sincopan y las armonías se atonalizan, ambas crean en mi mente una extraña sensación de deformidad entre dos elementos conocidos. Disfruto, luego decido retirar los auriculares y darle a mis oídos un descanso.

Se aproxima mi parada y me preparo para bajar, tomo un respiro y agarro fuerzas para seguir caminando. Salgo del metro como huyendo de las voces y los trenes. Esquivo los autos, el aceite, el plástico, la comida que quieren llamar mi atención entre dientes y piernas. Huyo.

Los ruidos quedan atrás y comienza el último tramo de mi camino. Las calles son tranquilas por la poca gente que transita. Escucho los cantos que salen de las ramas de los árboles, que juguetean con el viento que se cuela entre ellas. Percibo un tintinear que ha sonado detrás de mi cabeza todo el camino. El ritmo es constante y está sincronizado con mis pasos, golpea mi nuca mientras camino. Estoy segura de que si no fuera capaz de ignorar este tac-tac, este golpeteo, cada trayecto a la escuela sería motivo de locura, (es la correa del instrumento, ¿se lo imaginan?).

Las calles tranquilas no duran demasiado, se acerca la última intervención del océano estruendoso y accelerado. Con el impulso de esa velocidad apresuro mi paso. Ahora, entre todos los ruidos de la calle, pongo atención a mi respiración, mucho más agitada que cuando salí de casa, y decido quedarme con este sonido hasta llegar a mi destino. A final de cuentas ¿qué sería de mí si no reconociera mi propia voz?

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