• Alex Ramírez

You Won't Get What You Want (2018) - Daughters

Actualizado: ene 27

Daughters: una pesadilla que disfrutas



Intenté escuchar You Won’t Get What You Want de Daughters por primera vez, unas semanas después de que salió, hace casi exactamente dos años. Para entonces el disco ya había generado ruido en línea, sobre todo en los círculos de los amantes de la música industrial y el rock pesado. Eran los primeros días de noviembre y ese octubre había sido algo… llamémosle… inestable en lo personal (usualmente así son los primeros días de noviembre, pero aquéllos, específicamente, fueron de los más “inestabilisosos”); no estaba en el mejor de los humores y, aunque algunos de mis artistas favoritos pueden ser bastante pesados, el noise-rock no es exactamente lo mío. Sin embargo, considerando que buena parte de mi inestabilidad y mi estrés de octubre habían durado hasta noviembre, decidí darle una oportunidad al último proyecto de Daughters. La portada del disco, así como el título, eran indicadores de que, tal vez, era mejor escucharlo en la noche. Con audífonos, pasada la media noche, y con todos en mi casa durmiendo, lo puse en mi compu.

Comenzó a sonar “City Song” y, como en aquel incidente en el baño de Mikel durante su fiesta de tercero de secundaria, no duré más de un minuto. Honestamente no pasé de los primeros quince segundos (ahora sí de la canción, no de lo otro). Seguro oídos más curtidos dirán que no es un disco tan pesado, que hay peores, que hay cosas más densas, que me gusta el pito. Dirán todo eso y alguna razón tendrán. Pero mis oídos fresitas no estaban en condiciones para los ¿tambores? Creo que son tambores y una guitarra con distorsión (no sé de instrumentos). Es eso o la lavadora del diablo en noveno ciclo de enjuague.

En mi segundo intento, unos días después, me propuse rebasar la marca de quince segundos a la que había llegado el primer día. En el peor de los casos, lograría escuchar sólo esa canción y después me echaría la segunda temporada de Bob Esponja para equilibrarlo todo y poder dormir. Superé la marca pasada por un minuto, aproximadamente. El golpe de snare que entra al segundo **** (sin spoilers) literalmente me sacó un grito la primera vez que lo escuché. Con todo y que, para entonces, Death Grips ya era de mis grupos favoritos, ninguna de sus canciones me había asustado. You Won’t Get What You Want fue la primera vez que la música me hizo sentir miedo. “City Song” me sacó un grito, como si estuviera viendo El Aro o atravesando la casona de la Feria de Chapultepec.

Me tomó tres meses escuchar la canción por completo y, cuando por fin la terminé, la violenta transición entre el final de “City Song” y el comienzo de “Long Road, No Turns” me volvió a alejar del disco por un rato. Fue hasta finales del 2019, más de un año después de que saliera, que por fin pude terminarlo. Y cuando lo hice fue lo único que pude escuchar por un mes. Lo escuché en orden, en aleatorio, a todo volumen con audífonos; lo usé para reventar unas bocinas viejas que tenía por ahí; lo escuché a plena luz del día manejando por Constituyentes y, una vez, a las tres de la mañana, regresando de una fiesta. Aún ahora que lo escucho mientras escribo esto, el disco sigue siendo una de las experiencias más perturbadoramente divertidas que he tenido. Es pesadillesco, pero de la manera más entretenida posible, como ver películas gore o jugar DOOM.

Puede ser difícil de escuchar las primeras veces, pero una vez superado el shock inicial comienzas a encontrarle recovecos creativos que, con cada escucha, se van abriendo cual llagas: el ruido y la velocidad de “The Flammable Man” y “The Lords Song”, las letras perversas de “Ocean Song” y “Guest House”, o la sensualidad de “Less Sex” y “Daughter”; y luego está, santo padre, “The Reason They Hate Me”; ni sé qué decir de esa rola. El disco tiene ese extraño atractivo halloweenesco: te cierra los ojos, te tapa la boca y te mete a una casa abandonada con Leatherface y a ver cómo le haces.

En abril del 2019 dieron un concierto en un bar de Brooklyn. El video está en Youtube, por si lo quieren ver. Durante casi todo el concierto el cantante, Lex Marshall, está metido entre el público, cantando con ellos, molestándolos, chupando el micrófono, en un momento muerde a un wey, y todos están tan felices y sonrientes y extasiados. La cacofonía y el enojo tienen un placer catártico incomparable. Hay cierta belleza en la violencia y hay pocos discos que lo demuestren tanto como el brutalmente precioso You Won’t Get What You Want.

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